Crónica

La Casa cultural de Potosí

Un espacio para todos y para todas

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Lo primero que vi cuando llegué a la Casa Cultural fue a Sarnas, un perro negro y gordo. Sus orejas son puntiagudas, tiene manchas de pelo blanco en el cuerpo, sobre todo una muy grande en la mitad de su pecho, y sus ojos son color naranja, del mismo tono que la lava hirviendo. Estaba acostado al lado de la reja. Tenía la cabeza apoyada en las patas delanteras, pero cuando nos vio, se paró de golpe, se puso alerta y, seguramente, no nos ladró porque llegamos con Liliana.

Con Lili habíamos acordado que cuando pudiéramos vernos, me llevaría a la Casa Cultural; eso fue lo que hicimos tan pronto llegué a Potosí. Mi padre iba conmigo y cuando le conté la idea de hacer este libro, estuvo dispuesto a acompañarme desde el primer día. Muy temprano, madrugamos un domingo y llegamos a la casa de Liliana. Amanda, la mamá de Lili, nos atendió como si nos conociéramos de toda la vida. Mientras desayunábamos el tamal que nos había ofrecido, le conté que Liliana nos iba a llevar a la Casa Cultural. Amanda hizo un gesto de disgusto y me preguntó si íbamos a estar allá todo el día, pero yo no tenía ni idea de cuál era el plan. Cuando estábamos saliendo, dijo que nos esperaba para el almuerzo, que si queríamos pollo o pescado.

La Cultural está ubicada a unas calles de la casa de Amanda. Lili nos mostró, de pasada, algunos caminos sin pavimentar, empinados y llenos de rocas por donde los niños con los que ella trabajó habían aprendido a montar zancos, y a la vuelta de la esquina bajó la voz y dijo como si nos contara un secreto: “Eso de allá es una olla”.

Con Sarnas estaban Lorena, un niño que se llama Víctor Manuel y un tipo que se hace llamar Facundo, porque ese era el nombre de su abuelo, aunque no nos dijo su verdadero nombre. Los tres estaban pintando un parque infantil que tenía columpios, rodaderos y toboganes. Hicimos un recorrido por la huerta junto a Liliana y nos mostró unas matas de tomates recién sembradas. Estaba muy orgullosa porque los había sembrado ella misma unos días atrás con la ayuda de Alejandro Pinilla, uno de los miembros más activos de la casa. Lili nos dijo que la Casa Cultural era un espacio para sembrar, cuidar la huerta, desarrollar actividades con los niños y también para parchar, para estar en un lugar que es de ellos, pero que puede ser de cualquier vecino.

Cuando acabamos el recorrido, fuimos a donde estaban los demás. Liliana nos mostró el Cocinol, un lugar histórico del barrio porque allí vendían el ACPM que la gente usaba en las casas para cocinar y para distintas labores del hogar antes de que llegaran los servicios públicos a Potosí. También nos mostró el mural que hicieron los hinchas de Atlético Nacional en una de las paredes del salón comunitario. En ese espacio, donde está el mural, se reunían los hinchas del equipo porque la zona donde está la casa es el lugar al que llegaron muchos desplazados provenientes de Antioquia.

Mi papá habló con Facundo, y Liliana empezó a pintar con Víctor letreros de madera para identificar los espacios de la huerta. “Víctor es el niño que le conté, con el que estábamos haciendo el proceso de los zancos”, me dijo Liliana. Le pregunté a Víctor que si era difícil y me respondió que no, que era muy fácil. Además, me propuso, que si quería, él mismo me podía enseñar a escupir fuego.

De un momento para otro, entraron cuatro perros a la Cultural. Me sorprendió y pregunté que si vivían ahí, pero Liliana me dijo que no, que eran perros de por ahí y que Sarnas era de la casa de Pinilla que quedaba a la vuelta de la cuadra. “Y, ¿por qué están acá?”, pregunté de nuevo, pero antes de que ella me respondiera, mi papá dijo: “Porque Sarnas es como todos estos pelados, viene a parchar con los otros perros a la Casa Cultural”.

***

Hay dos muertes que me marcaron en la vida, la de mi mamá y el asesinato de mi parcerito, Edwin. Mi madre murió un 5 de enero por un derrame cerebral; yo tenía, por ahí, 12 años. A las ocho de la mañana del 31 de diciembre, mi mamá fue a matar a las gallinas para el sancocho de ese día. Mis papás, desde que tengo memoria, fueron vendedores ambulantes, así que mi hermana y yo estábamos esperando el desayunito y alistando lo que íbamos a vender en la tarde. Cuando fuimos a buscarla, la vimos en el piso, le había dado esa vaina. Se la llevaron para el hospital, pero pude visitarla hasta el 4 de enero. No resistía la idea de ver así a mi viejita, yo siempre fui el consentido de mi mamá. Ella estaba esperando a que toda la familia fuera a visitarla porque al otro día se murió. El 5 de enero, quedé solo en el mundo, mi mamá era todo para mí.

Me llamo Ever Pérez Romero, pero me hago llamar Chucho. Primero, por Jesucristo, porque fui criado en un hogar católico y también por la corriente de la teología de la liberación. Segundo, por mi maestro, mi papá político, que fue asesinado por el ejército en Santander. En su memoria, y por su ejemplo, me hago llamar como él: Chucho.

Con mi papá nos llevábamos mal porque era muy violento. Él es de Paz de Ariporo, Casanare. Viene de una familia campesina y fue desplazado por la violencia. Era ganadero y en ese entonces había mucha cuatrería. En algún momento mi viejo compró unas cabezas de ganado que no estaban marcadas y aparecieron los dueños. Lo amenazaron a él y a los cuatro o cinco hijos que tenía. El cucho salió corriendo, le tocó abandonar la familia e irse para Boyacá. Eso pasó hace como 45 años y, hasta hace tres años, aparecieron los hijos nuevamente gracias a las redes sociales. En Boyacá mi papá conoció a mi mamá que es de Campohermoso. Ella ya tenía sus hijos también. Se juntaron y formaron una nueva familia acá en Potosí, Ciudad Bolívar.

Mi papá siempre fue duro y reacio, digamos que por su historia y condición. En la casa, él quería ser el mandamás y el que daba las órdenes. Mi mamá, al contrario, era tierna, familiar y era quien coordinaba el espacio. De esa violencia me acuerdo que a él le gustaba el traguito. Una vez, el viejo estaba jugando tejo con la familia. Yo jugaba con un primo a una imitación del tejo con las tapas de cerveza en unas canchitas que estaban cerca de donde los adultos estaban. En un momento, el chino fue a recoger una tapa y yo le puse el pie encima de un dedo. Cuando levanté mi pie, le arranqué un pedazo de cuero de la mano. Mi papá ya estaba tomado, se dio cuenta de lo que ocurrió y me cogió a golpes: puños y patadas tan duras que me reventó los oídos. Pero lo entiendo, mi papá nació en el campo, la violencia estaba presente. Era ley del más fuerte, eso nos afectó a todos.

Cuando mi mamita muere, quedo a merced del barrio. Eso significaba que podía hacer lo que quisiera porque yo respetaba a mi mamá, no a mi papá, por más rejo que me diera. Podía salir y llegar a cualquier hora. En ese momento me fortalecí con mi parche, en él estaba Edwin, mi hermanito, mi parcero que mataron. Nosotros éramos metaleros, de los pocos parches de ese estilo que hubo en el barrio. Nunca fuimos de la cultura de los camiseteros, yo nunca andaba con camiseta de Marilyn Manson, por ejemplo. No, nosotros teníamos el pelo largo, llevábamos puestas botas y vestíamos de negro. Eso era caliente porque el tema del satanismo no dejaba de generar persecución acá, en la localidad. La gente nos veía como los marihuaneros, borrachos y satánicos. ¿Por qué? Pues en esa época estaba muy en boga Pandillas, guerra y paz. Y, en ese programa, había un personaje que se llamaba el “Pecueca”, un chino satanista, mechudo, barbado e indio, eso sí, de rasgos muy caucanos. La gente se había hecho el imaginario de que nosotros, porque llevábamos las mechas largas y la ropa negra, adorábamos al diablo y todas esas güevonadas. En ese parche cerramos la llavería con mi parcero.

Hay una canción que me recuerda a él, se llama Parcero del grupo musical Pasajeros. Aquí ya empiezan a aflorar sentimientos porque a los meses de que se muere mi mamá, a Edwin lo asesina el Estado en el marco de las limpiezas sociales, que en realidad se llaman masacres. 

Él estaba con su familia, ocho o nueve personas, y salían de un bar porque celebraban el cumpleaños de su hermano. Iban a seguir la fiesta en la casa, pero como habían llegado más personas, ya no cabían todos en el carro que tenían. Entonces, los tres que no alcanzaron a subir, entre esos estaba Edwin, dijeron que todo bien, que ellos llegaban caminando.

Caminaron dos cuadras, pararon en una esquina a orinar y justo en ese momento llegó una camioneta. Se bajaron dos tipos. Cada uno tenía un fierro en la mano. Les dijeron que quietos, que les iban a hacer una requisa. Uno de los parceros levantó las manos y les dijo que tranquilos, que no los fueran a matar. ¡Ta! Se escuchó el primer tiro. Uno que fue a la cara. Desde ahí se pierde un poco la memoria de lo que sucedió. ¿Qué sabemos? De los tres que había, solo se murió uno, Edwin, mi parcerito. La familia llegó al lugar porque escucharon los fogonazos y se fueron de una para allá. Cuando llegaron a la esquina, vieron a Edwin encima del cuerpo de los otros dos.

Rafael recibió un disparo en un brazo y en el cuello a la altura de la nuca. Es un milagro que esté vivo y que camine normal. La bala le atravesó la nuca, pero no le tocó la columna vertebral. Tiene orificio de entrada y orificio de salida, pero por dónde pasó la bala, no sabemos. Elkin, el compañero que pidió que no los mataran, recibió un disparo en la cara. Se le quemó el tímpano y el nervio del ojo, parpadea de manera involuntaria, no coordina. La bala le quedó alojada en la parte de atrás de la cabeza, como en la nuca. A mi parcero le dieron tres disparos en la cara. Algo que nunca entendimos es que recibió una puñalada en el brazo y lo tenía completamente abierto.

La muerte siempre había estado muy cercana, pero de puertas para afuera. Recuerdo que con mi familia, en las mañanas de los fines de semana, salíamos a las calles del barrio a preguntar: “¿Cuántos muertos aparecieron hoy?”. A veces jugábamos a adivinar con mis hermanas a cuántas personas habían matado. Una respondía: “Cuatro” y otra: “No, yo creo que 15”. El que perdía, lavaba la loza. Apostábamos a partir del sufrimiento de otros. En 1991 asesinaron a más de 500 jóvenes por toda Ciudad Bolívar. Acá, en los barrios, se sabía que después de las 10 de la noche al que estuviera afuera, lo pelaban. Me enteraba de eso por los demás, pero cuando mataron a Edwin, fue como ver a la muerte de frente.

Hay un poema de Mario Benedetti que siempre me recuerda esa época en que siendo niño me enfrenté a la muerte. Se llama Cuando éramos niños:

Cuando éramos niños

los viejos tenían como treinta

un charco era un océano

la muerte lisa y llana

no existía.

luego cuando muchachos

los viejos eran gente de cuarenta

un estanque era un océano

la muerte solamente

una palabra

ya cuando nos casamos

los ancianos estaban en los cincuenta

un lago era un océano

la muerte era la muerte

de los otros.

ahora veteranos

ya le dimos alcance a la verdad

el océano es por fin el océano

pero la muerte empieza a ser

la nuestra.

Cuando reconozco qué es la muerte, la muerte ya es la de mis hermanos. Cuando matan a mi parcero ya es otra cuestión. Es darse cuenta de que la muerte sí está entre nosotros y que los jóvenes somos los más vulnerables. Estamos hablando del 2002, año que coincide con la elección de Álvaro Uribe Vélez y el marco de la política de seguridad en las ciudades. El paramilitarismo se institucionaliza a partir del gobierno de Uribe y lo empezamos a sentir, ahora sí en serio. Había personas armadas transitando el barrio a altas horas de la noche; civiles con radios y fierros en la mano, y ya no andaban en camionetas, sino que caminaban. Arriba, en la montaña Sierra Morena, casi al lado del colegio, hay un tanque de agua donde antes había una base militar. De ese lugar, bajaban soldados oficiales hasta Caracolí por calles llamadas como “las rutas de la muerte”. Desde ahí se veía cómo llegaban a tres esquinas y mataban a tres, cuatro, cinco ‘pelaos’; a la laguna, asesinaban a cuatro, cinco o seis; al tanque, le disparaban a cuatro o cinco; a Arborizadora, morían otros cuatro, cinco o seis y se iban. Eso pasó por toda la localidad. El caso más conocido fue el de Juan Pablo II porque ellos tuvieron un proceso de memoria más estructurado, pero eso pasó en casi todos los barrios de Ciudad Bolívar.

El Estado, en su abandono social, genera condiciones que crean delincuencia. Cuando hay un margen de delincuencia muy alto, reducen esas cifras y no lo hacen llevando propuestas de educación, trabajo y cultura a las comunidades, es a punta de bala. Por eso decimos que la mano sucia del Estado mató y sigue matando a los jóvenes de la localidad. Ellos mandan sus cuerpos de seguridad privada para asesinar a tres o 30 pelados y los índices de delincuencia “bajan”. “La delincuencia bajó en Ciudad Bolívar un tanto por ciento”, dicen.

Los jóvenes somos un problema para el Estado y los gobiernos. Somos hijos de las generaciones que el Estado no pudo asesinar. Ciudad Bolívar se construyó desde de la lucha popular y eso se demuestra en el nombre de los barrios o sectores de esta localidad. Por ejemplo, ¿por qué hay un barrio que se llama Manuela Beltrán? Porque hay un reconocimiento a la historia de la lucha femenina por el proceso de Independencia; ¿Por qué Argentina la Nueva? Porque estamos hablando del marco de la Guerra de las Malvinas contra la colonización inglesa; ¿Por qué Jerusalén? ¿Por qué Potosí? Por la propuesta de teología de la liberación y la construcción del Reino de Dios en la Tierra ¿Por qué Domingo Laín? Domingo Laín en homenaje a un sacerdote español que vino a apoyar la lucha insurgente de los pueblos campesinos.

Ciudad Bolívar es una historia de luchas, de presencia revolucionaria en el territorio. Ha habido un trabajo político orientado por algunas organizaciones, podría decirse, insurgentes. Eso es claro. A veces, dentro de la historia, no lo reconocemos porque reconocerlo también implica señalar. Pero, se sabe, por ejemplo, que en los inicios del barrio, el M-19 tenía campamentos y bases guerrilleras al lado del Palo del Ahorcado.

La muerte de Edwin me puso frente a ese panorama, pero esto que le cuento yo, lo empecé a ver, concretamente, desde que entré al ICES a estudiar el bachillerato. El Instituto Cerros del Sur se construyó desde la educación popular, es decir, la enseñanza para y con la gente. La educación que nos daban tenía como propósito que fuéramos muy buenos académicamente, críticos y, también, que ocupáramos el tiempo en otras cosas. Al año de haber entrado al colegio, más o menos en 1998, se configuró un grupo de teatro que fue fundamental en mi proceso de pensar la cultura como herramienta de transformación. El grupo se llamó Evaristo Bernate Castellanos, en homenaje a Evaristo, fundador del colegio y líder comunitario de Potosí, asesinado en 1991.

El profesor Felipe era el encargado de coordinar el teatro. A ese cucho lo adoro. Él era licenciado en biología, pero siempre le gustó el arte. Era un profe muy crítico. Cuando se piensa la transformación social, y mucho más con jóvenes, hay que aprender a hablar diferentes lenguajes. Si bien desde la biología hay una posibilidad de generar investigación y acción, a veces los jóvenes no estamos dados para andar en medio de las plantas. El cucho se pensó la enseñanza desde el arte. En ese contexto, creamos una obra de teatro que se llamó San Salvador sangre y sal. Esa obra recogía la vida y obra de Evaristo Bernate Castellanos, pero hacía una analogía con Monseñor Óscar Romero, un sacerdote que en El Salvador fue muy importante para los sectores populares por su trabajo desde la Iglesia Católica.

Esa obra nos dio la posibilidad de acercarnos más a la realidad de nuestro territorio porque reconocíamos que no éramos los únicos que vivíamos la represión por parte del Estado. Desde ese momento, nos pensamos como jóvenes habitantes del territorio. Yo era un niño, pero las personas con las que estaba en el grupo de teatro ya venían de un trabajo muy largo en procesos con el colegio, con el barrio y en las manifestaciones sociales.

El teatro estaba inmerso en un ambiente de mucha música de la nueva canción social latinoamericana. Había compañeros que tenían 18, 19, 20 años y ponían con frecuencia Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa y Piero. Eso nos hacía pensar diferente. Cuando se organizaba una marcha, un mitin o había invitaciones a universidades y conferencias, nosotros íbamos a levantar nuestras banderas de exigibilidad a un Estado que históricamente nos ha tenido abandonados. Nos alimentamos de esas acciones y espacios con la guía de nuestros profes, que eran personas muy críticas porque se habían formado en universidades públicas. 

El ICES seguía el espíritu crítico y comunitario que dejó Evaristo. La teología de la liberación, ligada con su formación salesiana, llevó a Evaristo a un compromiso profundo con los pobres y las causas sociales. Él llegó, junto con otros profesores, a Ciudad Bolívar con la perspectiva de colaborar en la construcción del proyecto de comunidad. ¿Cuál era su idea? Crear un centro de salud. Ellos llegaron en la década de 1980, cuando el barrio apenas se estaba conformando, y empezaron a investigar. Le preguntaban a la gente: “¿Qué necesita? ¿Qué le falta?”. Ahí descubrieron que era fundamental el tema de salud porque la gente vivía en ranchitos donde el aire y el polvo generaban enfermedades respiratorias todo el tiempo, y siguieron preguntando: “¿El señor de dónde viene?”. Les respondían, por ejemplo, que del campo, así que les preguntaban si de dónde venían habían estudiado y la mayoría respondía: “No, si ni siquiera sé leer”. En ese momento, pensaron la propuesta de fundar un instituto social nocturno de enseñanza para la alfabetización de los adultos del barrio; la idea era que la gente que trabajaba en el día, fuera a clase en la noche. Muchos profesores venían con el objetivo de apostarle a Ciudad Bolívar.

Todo empezó en una casetica y se convirtió en el ICES, pero al principio la gente llevaba su propia silla, mesita y materiales. El proyecto finalmente echó sus raíces aquí, en Potosí, pero esa propuesta de educación como proyecto de alfabetización recorrió media Bogotá del centro hacia acá. Ellos tuvieron una sede en la Plaza de Bolívar al ladito del San Bartolomé, en el centro de la ciudad, después pasaron al barrio Las Cruces, un poquito más arriba, y ahí se vinieron para acá. Ellos dijeron: “En Ciudad Bolívar es donde nos necesitan, en Potosí es donde vamos a echar nuestras semillas”.

En ese contexto, Evaristo organiza a la comunidad; empieza la lucha por los servicios públicos, por el centro de salud, por la vivienda digna, por el transporte, y por el derecho a la educación, al trabajo y a la vida. En los años ochenta, podemos observar que el paramilitarismo comienza a afectar a los sectores populares. Inician las mal llamadas “limpiezas sociales”, crímenes de Estado planificados y dirigidos por cuerpos de seguridad de los gobiernos que continúan hasta hoy en día.

La lucha de Evaristo hacía que la gente empezara a sentir esa necesidad de construir comunidad, pero también implicaba atacar y cuestionar a muchas instituciones y, obviamente, dentro de esa exigibilidad de derechos, se creaban enemigos que eran aliados del Estado. ¿Con quién se metía Evaristo? Con nadie. Decía las cosas como tenía que decirlas. Él no nombraba a fulanito o a sultanita, él exigía y por eso lo mataron. Dentro de la comunidad hay sectores muy reaccionarios, todavía hoy.

Ahora bien, yo no soy líder, no me considero uno porque creo que es una categoría que me pone por encima de otros. Soy un comunero más, soy una persona más de la comunidad, pero estoy en un riesgo constante por el simple hecho de trabajar con los jóvenes que consumen o que fueron consumidores, porque tratar de rescatarlos de esa guerra sucia de la drogadicción afecta la economía de esos grupos oscuros.

Cuando me gradué en el 2003 del ICES, tuve dos años de vagancia; andaba con los zapatos rotos por las calles, parchando, fumándome mi baretico y muchas veces no comía nada. Pero, un día pensé: “¿Qué estoy haciendo?”. Reaccioné de inmediato y me puse a estudiar para entrar a la Universidad Nacional. Me iba bien temprano todos los días a la biblioteca pública de Arborizadora Alta. Fumaba un poquito de marihuana antes de entrar y estudiaba todo el día. Cuando pasé el examen, entré a trabajo social. Fue una alegría muy grande, pero ahí empezó lo duro. Desde que murió mi mamá, estaba solo, me tocaba guerreármela a mí. Estaba seguro de que trabajando y estudiando al mismo tiempo, en unos años, lograría sacar la carrera, pero a los dos años, en el 2007, me tocó exiliarme y salirme de la carrera.

Resulta que un día la policía me cogió con un pucho de pólvora en la maleta, pero eso era fósforo blanco, el que se usa para hacer las mechas pa’ jugar tejo. Yo era barrista de Millonarios y lo usábamos para hacer papas bomba. No era el típico fanático de cuchillo que mata a otro por el color de la camiseta, no. Era el del baretico, del pericazo, del vinito, de la pola y de viajar a todo lado con el equipo.

Hay unos chinos hincha de Nacional acá en el barrio y ellos me enseñaron a armar las papas bomba con el fósforo blanco. Con uno de esos chinos incluso tuve un problema. Cuando yo estaba en el colegio, me agarré con uno de los de los capos de ese parche, pero fue pura discusión de pelados de barrio. Nosotros no éramos parceros, pero sí charlábamos. Un día, él venía caminando y le quité la gorra. Era jodiendo y le dije: “Quibo, mi perro”, pero el man se puso serio y me respondió: “¡Qué va, gonorrea! ¿Por qué me va quitar la gorra este pirobo?”, y me metió dos patas. Yo estaba con Chucho, el que le conté que era mi papá político, una de las personas que más respeto en la vida.

Chucho siempre me decía que teníamos que buscar el diálogo y que había que decir “no” a la violencia injustificada. Así que yo no iba a cascar al chino enfrente de mi maestro, pero sí me quedé con las dos patadas que me dio. La demora era separarme de mi parcero Chucho para ir a frentear al man. Ese mismo día, había un encuentro deportivo de la Selección Colombia de microfútbol en el Polideportivo. En la mañana, había llegado al colegio una gente del IDRD a repartir boletas para que fuéramos y apoyáramos a la Selección de Futsal. Yo sabía que ese man iba a ir. Cuando salimos del colegio, le dije a una llavería mía que me acompañara y fue firme conmigo.

Mi llavería y yo nos fuimos a mi casa. Tomamos severo cuchillo y una escopeta que tenía mi papá, una 16. Yo solo pensaba: “Ese hijueputa la paga. No me quedo con esas patadas”, y nos dirigimos para el Polideportivo. No entré a ver el partido. Yo sabía cuál era la ruta del man y esperé al frente del Puente del Indio en unas sillas con una maleta en la que tenía adentro la escopeta y el cuchillo. Cuando vi al chino de una me le fui pa’ encima y le dije: “¿Entonces qué, Tato, muy ofendido porque le quité la gorra?”. Mientras yo frenteaba al man, mi parcero me tenía la maleta con el fierro y el cuchillo. Como esos chinos siempre han sido calientes, si la pelea pasaba a mayores, le metía su puñalada y, si salía mucho parche, les estallaba un tiro por lo menos.

El man me respondió: “Sí, pirobo, pero es que usted para qué hace eso. Si quiere vuélvamela a quitar y lo vuelvo a cascar, gonorrea”. Se la quité de nuevo y nos prendimos. Puño y pata. Le di una muenda tan dura que menos mal no me tocó usar las armas. Hay gente que habla mucho, pero al momento de la verdad no hacen nada.

Lo increíble es que esos manes fueron los que después me enseñaron a manejar el fósforo. Desde ahí lo empezamos a usar con mi parche de Millonarios. Volviendo al día que la policía me cogió, lo que sucedía era que yo llevaba el fósforo en la maleta para entregárselos a los de Millonarios en una reunión que teníamos en La Candelaria. Ellos se iban de viaje a Medellín, y yo no podía ir, pero ellos necesitaban el fósforo porque uno sabe que por carretera nunca falta la emboscada y uno tiene que defenderse. El policía me vio con el fósforo, le mostré el carné de la Universidad Nacional, y el tombo dijo: “¿Pólvora y Universidad Nacional? Ese man es guerrillero”. Duré detenido como seis horas y me abrieron un proceso de elaboración, porte y tráfico de armas de fuego y explosivos. Duramos un año en ese proceso. Yo seguía estudiando. En agosto de 2007 se acabó el proceso y me declararon “no culpable”, y qué alegría, compa.

Unos días después del proceso con la policía, empecé a ver que a las dos o tres de la mañana camionetas de Codensa que llegaban a mi casa. Los manes se bajaban y con linternas alumbraban la dirección de la casa y dentro de ella. No fue una vez, ni dos, sino cientos de veces. En ese momento, pensé: “Aquí algo está pasando”. Uno sabe cuándo alguien lo está mirando, así que me tocó irme. 

Esos viajes en el exilio, podríamos llamarlo así, me sirvieron mucho para para reforzar la idea de organización. Por ejemplo, el viaje al Cauca, a los resguardos indígenas, me ayudó mucho a entender cómo organizarse alrededor de la idea de comunidad. Es lo que habíamos estudiado con el grupo de teatro sobre la imagen de Evaristo. Fueron procesos muy bonitos que me hicieron entender otras formas de organización y comunidad.

Entre 2008 y 2010 estuve yendo y viniendo entre Potosí, Cauca y otros lugares. En ese entonces la situación estaba caliente, peor que nunca, porque acababan de matar a unos estudiantes del ICES. Estábamos en pleno proceso de pactos con las Autodefensas, los diálogos de Santa Fé de Ralito en Antioquia, en 2003. Los manes entregaron las armas y hubo como uno o dos meses de relativa calma. Posteriormente, empiezan a aparecer amenazas y los comunicados de las Águilas Negras. ¿Quiénes eran las Águilas Negras? Los mismos paramilitares, pero salen del campo y se meten oficialmente en las ciudades. Ellos entregaban las armas y las llevaban a los barrios, a las ciudades, y eso permitió que el paramilitarismo empezara a estructurarse a nivel urbano. Para 2008, el paramilitarismo ya estaba completamente organizado en las ciudades de Colombia.

En ese punto, aparecieron panfletos que decían: “Los niños juiciosos se acuestan temprano, los que no, los acostamos nosotros. Atentamente: Águilas Negras”. Las fuerzas oficiales empezaron a reclutar y entrenar niños militarmente en las canchas de los parques. Eso fue grave, y en ese punto pensamos con ocho parceros: “Compas, vamos a hacer algo nosotros. Somos jóvenes y estudiantes. Queremos tener el derecho de estar por la noche en la calle. Es posible que nos levanten a plomo, pero no vamos a quedamos callados. Hagamos resistencia, hagamos cultura”.

Empezamos a salir a la calle. Fuimos al parque del barrio Estanque-La Laguna a montar zancos. No sabíamos hacerlo, pero teníamos un parcero que montaba. El man nos prestó seis pares de zancos y nos dijo cómo pararnos, nada más. El compa vivía en Juan Pablo II, entonces el transporte era difícil a esa hora y se tenía que ir, por eso nos enseñó lo básico y, de ahí en adelante, puro empirismo. Comenzamos a practicar a riesgo de que nos encendieran a bala.

Salimos como a las nueve y media de la noche. El centro de operaciones siempre fue la casa de mi papá porque yo vivía en el local que queda en la parte delantera de la casa. Ese espacio tenía una puerta independiente y metimos ahí los zancos, las pelotas de los malabares y todos los corotos con los que uno hace circo. Mi papá siempre estaba rayado porque no le gustaba el ruido y sabía que fumábamos marihuana.

La primera noche se acercaron unos doce niños, más o menos. Estaban por ahí, en el parque, y les dio curiosidad de usar los zancos. Empezamos a montar a los chicos sin nosotros saber cómo hacerlo. “Agárrese ahí, amárrese acá”, les decíamos. La segunda noche ya no eran doce, sino veinte pelados. Esa misma noche fuimos para mi casa y empezamos a hablar hasta la madrugada con los siete compañeros que habíamos, dijimos: “Bueno, ¿qué vamos a hacer? Mire que hay algo que ya nos está llamando a la organización y es la comunidad, los niños”.

Los días siguientes llegaron más y más. Planeamos otras actividades: armamos pelotas para hacer malabares con bombas para inflar y arena e hicimos antorchas, porque en el grupo de teatro a mí me enseñaron a lanzar fuego por la boca. Creamos tres talleres: zancos, malabares y lanzamiento de fuego. ¿Qué más? Con eso nos entreteníamos. Además, teníamos tres premisas: Primero, pensábamos hacer arte como un modo de resistencia para manifestar que los jóvenes somos y estamos en el territorio. Segundo, no estábamos haciendo daño, sino arte. Tercero, la noche también era para vivirla, no para dormir por cuestión de las amenazas.

En ese tiempo, uno de los compañeros del grupo, que se llama Ferney, era estudiante de física y matemática en la Pedagógica. El chino había conseguido trabajo en el Erasmo, que era un colegio privado de cerquita al parque del barrio Estanque- La Laguna. Ferney tenía rastas y era barbado. Era el profe chimba que todos quieren tener. A él le copiaron cualquier cantidad de pelados. Ya no eran 20, sino 100. Recuerdo, por ejemplo, una salida a Soacha para una actividad del Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE). Nos tocó llevar dos buses repletos con niños y jóvenes: 120 pelaos más o menos.

Un tiempo después, se desbordó el grupo. Teníamos teatro, malabares, circo, una actividad matemática y hasta karate porque uno de mis parceros estudiaba artes marciales y eso a los pelados les tramaba resto. Hermano, se lo juro, eso era hermoso. En las noches ese parque parecía iluminado. La gente y la comunidad empezaron a acercarse y el proceso, a andar.

El problema era que en ese parque vendían y fumaban droga muchos chinos con los que nosotros crecimos en el barrio, pero eligieron ese camino, el que la sociedad les ofrece. Como el parche cada vez estaba más grande, la policía empezó a ir con frecuencia, digamos que generando algo de presencia y acompañamiento. Nadie lo pedía, pero llamábamos mucho la atención. Eso no les gustaba a los dueños del negocio y nos amenazaron. Nosotros les respondimos que íbamos a seguir con el proceso en el parque, con el arte y el trabajo por la comunidad.

Unos días después de la amenaza, fuimos a una tienda del barrio con Ferney a comprar una gaseosa y unos panes para dárselos a los pelados. Cuando, de un momento para otro, se nos acercó un amigo de toda la vida, uno que creció con nosotros desde que éramos unas criaturas, y nos dijo: “Oiga, es muy bonito lo que están haciendo, pero necesito que se vayan porque la venta se está jodiendo”. Cuando hacíamos los talleres con los niños en el parque, llegaba la policía, y no se podía vender ni meter ahí. De la nada, el man sacó un fierro, un revolver, y lo mostró.

Esa noche, con mi parcero Ferney nos preguntamos: “¿Entonces, ¿qué hacemos?”. Decidimos irnos. Dejamos de hacerlo por la violencia. “¿Vamos a repetir lo que le pasó a Evaristo?”, pensamos. A Evaristo lo mataron por su trabajo político y organizativo en el territorio. “Sabemos que lo que estamos haciendo está atacando y afectando los intereses de los que patrocinan la guerra de la droga, es decir, estamos haciendo bien nuestro trabajo. Pero, igual trabajamos con niños y jóvenes. Toca dejar de hacerlo ahí porque no falta que llegue un día este man fumado y nos pegue un tiro. A nosotros que nos mate, pero, ¿y si mata a un chino? Nos embala a todos. Además, primero, el dolor tan tremendo y, segundo, la familia se va a ir encima de nosotros”, sentenciamos.

Dejamos el parque y estuvimos un tiempo en el ICES, pero el grupo se redujo y finalmente paramos. Detuvimos el grupo, principalmente, porque Ferney se fue para la Sierra Nevada y yo viajé de nuevo al Cauca. A partir de ese momento, pasaron años en los que íbamos y volvíamos. Fue hasta el 2011, cuando volvimos a vivir definitivamente en Potosí, que retomamos el proyecto que habíamos empezado. Sabíamos que ahí había una semilla y dijimos: “Vamos a montar una casita”. Ya teníamos experiencia de varias casas culturales. Conocíamos Semillas Creativas en Juan Pablo II, la Casa Cultural en Sierra Morena y otra en Santo Domingo. Pensábamos en un espacio con nuestro enfoque, porque las casas que conocíamos, si bien trabajaban con pelaos en condición de vulnerabilidad, tenían una mirada muy profesional. Nosotros éramos de calle y queríamos seguir oliendo a pueblo. No digo que los demás no, ellos también, pero pensábamos en tener algo más cercano, algo desde nuestra propia experiencia de vida.

Cuando Ferney volvió de la Sierra, fui a saludarlo. Estuvo varios meses allá y se veía supremamente acabado, re mechudo y re barbado. Mientras él se bañaba y yo me fumaba un porrito, le conté que en ese viaje al Cauca me había enamorado, pero que todo se había acabado y que estaba destrozado. Le conté que tenía una quena y del despecho me puse a buscar las notas de una canción que se llama Moliendo café y que eso me había fortalecido; yo soplaba la quena y lloraba, soplaba y lloraba. Me puse a tocar la canción y Ferney me dijo: “Paila que haya terminado con la vieja, pero, ¿sabe algo bacano que le quedó? La música”.

Cuando Ferney llegó a Bogotá, lo contrataron en el ICES, así que gracias a su sueldo buscamos una casita. Encontramos una que nos arrendó Don Luis, un vecino del barrio, en el hueco al lado del caño, en la frontera entre Potosí y Caracolí. Era una casa lote, tenía dos cuartos, un baño, la cocina y un patio, no era más. Al principio, íbamos a vivir ahí con otros dos compañeros, pero finalmente solo nos mudamos los dos. Ahí empezamos a vivir juntos y en el patio sembramos alimentos. Los otros compañeros siguieron siendo parte del proceso, pero al final quedamos Ferney y yo. Así nació la Casa Cultural. 

***

“No estoy de acuerdo con lo que usted está haciendo, pero lo respeto”, me dijo Alejandro Pinilla. Sarnas entró a la biblioteca y se empezó a restregar en mi pierna. Hablamos de su temperamento. Alejandro me dijo que el perro se buscaba muchos problemas y que era difícil que cuando llegaba alguien nuevo a la Casa Cultural, no lo recibiera ladrando de forma agresiva. “Yo sé que corro el riesgo de que algún día lo maten en la calle porque a él no le importa morder al que le cae mal”, dijo Pinilla. Acaricié un rato a Sarnas hasta que me cansé y él se acostó a nuestro lado. Alejandro continuó. 

Alejandro: Respeto lo que usted está haciendo porque mis compañeras me han dicho que su trabajo es honesto, que no se ve una pretensión de manosear a la gente y mucho menos la intimidad de las personas para tener un rédito académico.

Para mí, Chucho debería ser borrado de la historia de esta casa, él y su legado. Yo, a pesar de que no sé si sea mi deber asumirlo, siento que debo ser radical en esa postura porque son cosas que nos restan mucho como proceso. Lo que pasó aquí afecta en el barrio y afuera. En espacios a veces tan ajenos como la Universidad Pedagógica, donde estudiamos varios incluido él, también nos resta. Cuando uno dice que es de la Casa Cultural, le responden: “¡Uy! ¿Cómo así? ¿La casa donde vive ese man que le hizo eso a la compañera?”. Es una vaina que daría para hablar todo un día, contarle lo que significa decirle a un compañero que salga para siempre de la Casa.

Fernando: Comparto el duelo y el hecho de que lo hayan sacado de la casa. Precisamente, hablé de eso con Liliana y siempre le dije que igual me parecía importante trabajar desde esa memoria. No es un tema menor que una de las personas que fundó este espacio haya hecho lo que hizo y que en ustedes se diera la discusión de sacarlo. Eso es importante. Hay cosas intolerables, sin duda.

Alejandro: Son rupturas que uno no supera así no más. 

Fernando: Y creo que esos quiebres son inevitables en estos procesos. Digamos, lo que pasó aquí no es algo exclusivo. Es decir, que un hombre acose a sus compañeras, sea abusivo o violento, no es algo que haya pasado únicamente en la Casa Cultural de Potosí. Hay estructuras patriarcales y piramidales por todas partes e inevitablemente dan pie a este tipo de cosas. Si mí intención es hacer un trabajo periodístico del proceso artístico en Potosí, me parece importante entender por qué pasó. Eso involucra entender la historia de Chucho, el contexto y la forma en que surgió la Casa. Pienso que es honesto tomarlo así, para entender la historia de este espacio.

Alejandro: Desde mi posición, eso es lo que no comparto. Entiendo el ejercicio, pero, desde mi postura y desde lo que estudio, la memoria es alterable y es un campo de disputa. La memoria y la forma en que se percibe, más que la historia, es fácilmente modificable, manoseable. Sin embargo, la memoria también se puede poner en función de un proyecto, y mi postura frente a la memoria de esta casa es que él debe ser totalmente olvidado. Pero es algo mío, no me puedo quedar en ese pensamiento porque no podría construir nada con las demás compañeras y compañeros. Piense que, incluso, cuando lo sacamos del proceso, por ejemplo, la excompañera de él seguía acá. Imagínese la ruptura de posiciones que había.

Fernando: Entiendo. Me parece que, en cualquier proceso de organización, artística o política, habrá posiciones diferentes. Pienso que ahí está la riqueza y la importancia de recoger esa memoria. Ese es el proyecto que estoy haciendo, dar cuenta de esas historias.

Alejandro: Claro y eso es algo que siempre reconocí de este espacio desde que llegué. La posibilidad de conocer otra gente del barrio, personas con una sensibilidad que no me imaginaba. A mí me invitó Ferney, él era mi profesor de matemáticas y física en el ICES y era distinto a los otros maestros. Tenía rastas y barba. Se vestía diferente, no era el típico profesor, bañadito, de zapatos limpios y gafitas, no. En la primera clase de física que tuve con él, puso la grabadora con un tema de rap y comenzó a cantar con su estilo y más de uno quedó re tramado. Ferney nos metió en la vaina de la música, él es un man muy propositivo y siempre nos ponía a organizar actividades.

Un día nos invitó a su casa para parchar. Quedaba al lado del caño, en lo que llaman Poto Bajo, era una zona caliente. Su hogar era un espacio para todos, con una dinámica en la cual había días en que éramos muy propositivos y otros en los que simplemente queríamos parchar y ser vagos. Yo llegaba y veía gente del barrio o uno que otro compañero del colegio; las personas lo pegaban, tejían o tocaban algún instrumento. Cada quien miraba qué hacía y creo esa dinámica todavía la mantenemos. Valoro eso de Ferney, el hecho de que tuviera la confianza de abrirnos el espacio donde él vivía. Como profesor, nos ofreció una relación más sincera y abierta.

Sarnas escuchó que alguien había llegado y se paró muy afanado a mirar quién era. Salió de la biblioteca. Alejandro y yo seguimos hablando de su vida, de Sarnas y de cómo ese perro se juntó con él, al mismo tiempo que se levantó la Casa Cultural que existe hoy en día.

***

Hay una historia muy triste de esa primera casita que arrendamos con Ferney en el hueco, cerca al caño, en Poto bajo. Es la historia de Ever, un chino que empezó a parchar con nosotros y con los otros pelados que llegaron a la Casa Cultural. Él era de la calle, marihuanero y se creía el mandamás. Lo conocíamos del barrio, él era de esos ñeros que, si tocaba pegar las puñaladas, las pegaba. Entre porrito y porrito nos fuimos acercando y nos volvimos parceros. Ever era una pilera porque bien o mal, la calle le enseña uno. No digo que el que viva encerrando en su casa y sea hijo de papi y mami no piense, pero la calle le posibilita a uno aprender y reflexionar muchas cosas. Nosotros le propusimos al compa que se metiera a estudiar al ICES. “Uy, Chucho, ¿a lo bien?”, nos decía, y le respondimos que claro, que lo hiciera, que él iba a estar con los profes y en cualquier caso lo íbamos a apoyar.

Yo había a entrado a trabajar en el ICES con Ferney. Las jornadas de mi parcero eran de seis de la mañana a cuatro de la tarde y después pasaba al horario nocturno. Entré en la franja de la noche a dar clases. Le insistimos a Ever que entrara a estudiar el bachillerato y el chino nos copió. Eso pasó con muchos de los pelados que se habían acercado a la Cultural. Ese espacio siempre se pensó para trabajar con los jóvenes que eran consumidores. La Casa estaba abierta para consumir, pero también para hacer otras vainas. Ferney y yo empezamos a camellar con los pelados que consumían sustancias psicoactivas y alucinógenas porque eran los que más vulnerables en el tránsito por el territorio. En el barrio muchos nos conocían porque siempre fuimos consumidores de cannabis y teníamos mucho parche.

¿Cuál era y sigue siendo la propuesta? No criminalizar ni señalar al joven que consume. No satanizar el consumo porque, así como hay consumidores, en el barrio también está el vecino que se toma sus polas y llega borracho a cascarle a la mujer o el vecino que se está gastando la plata del mercado apostando y pone a los chinos a aguantar hambre. No se trata de señalar el consumo, sino, través de ese proceso, generar otras alternativas.

Los pelados lo pegaban en la casa con nosotros, pero tejíamos; los chinos le daban al cannabis, pero hacíamos teatro o circo; lo prendíamos, pero sembrábamos. La vaina se trataba de cómo a través de la droga hacíamos un consumo responsable para generar otras actividades.

Por ejemplo, el teatro. Desde nuestra experiencia de vida, nos basábamos en la propuesta de Augusto Boal sobre El teatro del oprimido. Analizábamos lo que habíamos observado en El Salvador con Óscar Romero, la experiencia de Evaristo en Potosí, la opresión del Estado hacia nuestras condiciones de vida y la negación de nuestros derechos. Pensábamos la construcción de una propuesta visual que reflejara la situación que tiene el territorio. Siempre lo hacíamos mostrando al joven como una persona que ha sido víctima de esa opresión, pero también como esa persona que construye sus sueños. Esa fue nuestra posición.

Al inicio todo era muy empírico, hacíamos ejercicios de vocalización, de movimiento por el espacio y las técnicas de teatro que yo había aprendido desde pelado. Después tuvimos talleres con la Corporación Colombiana de Teatro, con el Teatro Libre y con el Teatro de la Candelaria. Imagínese a nosotros trabajando con maestras como Patricia Ariza, eso era una locura porque era aprender sobre el quehacer de la creación artística y otras formas de narrar el territorio. Por ejemplo, tuvimos en nuestras manos varios libros de las obras completas y originales del Teatro La Candelaria. Cuando vimos Guadalupe años cincuenta  fue algo indescriptible, como una rosa germinando en nuestros corazones.

Así eran las vueltas en la Casa Cultural. En ese inicio del proyecto, creamos un festival que se llamó “La cloaca”. Lo montamos al lado del caño para rendir homenaje a varios jóvenes que fueron asesinados en ese espacio y que después fueron arrojados a las aguas residuales que bajaban de las casas de la montaña. El festival era una vaina sencilla, un encentro artístico para cantar rap. La premisa era preguntamos si ser joven en Ciudad Bolívar era un delito. Por esa época, empezaba a surgir el Festival del Ojo al Sancocho y Daniel Bejarano, uno de los organizadores del Ojo, nos prestó las cabinas, la consola y los micrófonos para organizar toda la movida.

Los festivales que hicimos en esos años eran muy accidentados. Por un lado, llovió varias veces, y como era al aire libre porque no había plata pa’ las carpas, se volvía un desastre. Por otro lado, había mucho conflicto con la comunidad por la marihuana. Había vecinos que más de una vez mandaron a la policía o venían ellos mismos a decirnos que dejáramos de consumir en el parque. Los trataba con respeto, pero cuando se pasaban… Digamos que uno también creció en la calle y sabía defender su postura como joven.

El tema de la marihuana también generó discusiones con los compañeros que empezaron a hacer parte del proceso de la Casa. El debate se daba porque nosotros, como grupo, rompimos la cotidianidad del barrio. Hasta ese entonces, no era común encontrase en las calles con ese olor a leña quemada de un porro prendido. Muchos compañeros estaban de acuerdo con los vecinos en que el consumo tenía que hacerse en un espacio privado, pero eso no lo comparto. Uno de los objetivos principales de la Casa era romper esos espacios privados de consumo que parten desde el individualismo que se nos ha impuesto. La idea también es que los vecinos puedan ver y entender el consumo responsable como un hábito común de la vida pública.

Esa ruptura de lo privado es la razón primordial de la existencia de la Casa Cultural. Pensar el territorio como un escenario de comunidad. A mí me gusta leer mucho sobre pueblos indígenas. No soy indigenista, pero reconozco sus formas de organización, y, un día en el cual leía sobre el pueblo Huitoto y los procesos organizativos, me encontré con las palabras Airu bain que significan: gente de la selva. Bajo ese significado, le propuse al parche llamar así a la Casa porque reconocía en esa lectura que la tierra es fundamental. Desde hace mucho tiempo, veníamos de trabajar la cultura, el circo, el teatro, el tejido, pero cuando regresé de estar con comunidades indígenas, entendí el territorio como un escenario de trabajo comunitario.

En ese contexto, empezamos a enredar a Ever en todo este cuento. Él vivió un tiempo con nosotros. No era un espacio amplio, pero había un cuarto libre que estaba destinado para ser el baño y no lo era. Consistía en dos paredes rusticas, sin puerta, sin techo y se veía la tubería de un inodoro inexistente. Era un espacio pequeño que usábamos para almacenar el material del reciclaje que recogíamos en las noches por el barrio y que después vendíamos para tener un sustento. Cuando Ever llegó, techamos el cuarto, sacamos el reciclaje y él metió su colchón. No mucho después, trajo a la novia que había quedado embarazada y vivimos Ferney, Ever, su novia y yo por un tiempo.

Finalmente, Ever consiguió trabajo. Vea lo que es la orientación, cuando él iba a tener un hijo, cambió su mentalidad. Gracias al camello, se fue a vivir con su abuela. El chino tuvo otras ideas, otra visión del mundo. Sin embargo, no sé en qué fallamos. La verdad, lo pienso mucho y todavía no me explico qué fue lo que pasó.

Ever tuvo un problema en una discusión con otros pelados. A pesar del cambio, uno no deja de ser lo que es y, en esa discusión, le casco a otro chino. A los ocho días del incidente, Ever estaba parchando en la esquina de su casa con otros parceros y los emboscaron dos motos. Los acorralaron y mataron a balazos a Ever y a varios pelados que estaban ahí y que también habían tenido problemas con el otro parche. Eran muy jóvenes, niños entre 14 y 18 años que quedaron masacrados en esa esquina.

Pienso mucho en Ever. Era un gran músico, se convirtió en un duro. Recuerdo una noche en la que lo veía tocar el bombo. Él estaba sentado en la cama con su cachucha, su cigarro y sin camisa porque era muy acuerpado y le gustaba andar así. Es una imagen que nunca se me va a olvidar. Sin embargo, no faltaban las discusiones, había cosas que rayaban con el proyecto. O sea, le apostábamos a una actividad, pero había actitudes que él tenía que generaban discusión. “Fumémonos los porritos, pero no hagamos tal vaina”, nos decía, y nosotros le respondíamos: “No te estamos prohibiendo, pero ese no es el objetivo de esta casa”.

Nosotros rescatamos muchos chinos que empezaron a hacer parte del parche de la Casa. Hay muchos pelados que hoy en día se han graduado de la universidad, que tienen familia o trabajo. Allá abajo, en la casita que quedaba cerca al caño, duramos tres años, pero cuando el ICES empezó a tener problemas durante la alcaldía de Gustavo Petro, nos tocó salir de allá.

¿Qué pasó? Petro construyó muchos colegios públicos en el sur y, como el ICES es privado y tenía un convenio con el Distrito, la Alcaldía decidió mandar a todos los estudiantes a los colegios oficiales. Con esa decisión, el ICES se quedó sin pelados. A los profesores dejaron de pagarnos porque no había niños y el colegio entró en crisis. Tanto Ferney como yo, no teníamos con qué pagar el arriendo de la casa y el dueño, Don Luis, fue un cucho muy bacán y nos dejó estar un tiempo, pero él también necesitaba la plata. Estábamos muy endeudados. Apenas nos alcanzaba para la comida y los porritos, que no podíamos dejar de comprar porque si los chinos veían que ya no teníamos, se iban a consumir a otra parte y perdíamos todo el proceso.

Saldamos la deuda con Don Luis y salimos de la casa. Afortunadamente, el Consejo Comunal de Potosí siempre nos reconoció como una propuesta organizativa importante en el barrio y nos ofreció recuperar el proyecto y ubicarnos donde está actualmente la Casa Cultural, es decir, en la parte alta de Potosí. Ese espacio era prácticamente un potrero. Estaba la estructura del Cocinol, el salón comunal, que en realidad es un comedor comunitario pero que se usa para las reuniones comunales, y la caseta prefabricada que hoy en día es el centro de la Casa Cultural. Esa caseta fue una de las que trajo Evaristo Bernate Castellanos a Potosí para empezar el proyecto de educación nocturna.

Al inicio del proyecto de Evaristo, los profesores daban sus clases a las personas del barrio y dormían en esa misma caseta. Tiempo después, el Consejo Comunal puso en arriendo esa estructura y empezaron los problemas. Antes de que los de la cultural llegáramos, la habían arrendado a unos pelados de escasos recursos que les gustaba el bazuco. La necesidad de consumo de ellos era tan fuere que se llevaron las rosetas, quitaron el cableado eléctrico, la cisterna, el lavaplatos, la ducha, las ventanas y la reja, mejor dicho, desbarataron la caseta para comprar bazuco.

Al lado de esa caseta, donde está la Casa Cultural, hay una olla, un expendedero de droga histórico. Los chinos iban a comprar y se la metía en la casa. Todos estaban en un estado deplorable y el piso tenía desde pipetas y preservativos hasta popó humano. Como en esa época no había rejas, esa dinámica de consumo también trajo un foco de delincuencia, hurto y dicen, es un rumor, violaciones. En ese contexto, la comunidad le pidió al Consejo Comunal que hicieran algo con esa casa porque era un espacio común que se estaba convirtiendo en otra olla. El Consejo nos llamó y dijeron: “Conocemos sus propuestas, ya sabemos qué es lo que tienen y qué es lo que quieren. ¿Pueden recuperar el espacio? No les vamos a cobrar arriendo, ustedes pagan los servicios y adecuan el lugar”.

Nos lanzamos de una. Varios compañeros hicieron aseo y recuperaron la casa. Yo vivía en “la Y”, que queda más abajo en la montaña en otro barrio que no es Potosí, y no podía estar todo el tiempo en la Cultural. Ese trabajo lo hicieron Ferney, Alejandro Pinilla, Johnnier, Astrid y otras personas de ese parche. Ese proceso coincidió con un intento de suicidio que tuve por un despecho. Lo que pasó fue que me tomé un litro de hipoclorito, pero me terminaron internando en el hospital. En medio de esos problemas que estaba atravesando, salió un viaje con otro parche para Venezuela. Íbamos a ir veinte días, pero me quedé cuatro meses porque descubrí procesos políticos y artísticos hermosos.

Cuando volví, la comunidad de Potosí se estaba organizando en el campamento que se oponía a la extracción minera del Palo del Ahorcado a raíz del asesinato de una vecina que estrelló un camión. Aproveché y me quedé viviendo un mes allí. Todos los días había asamblea y discutíamos si se iba o no a levantar el campamento. Fue un proceso muy bonito y, un tiempo después, fui a vivir a la Casa Cultural.

En ese momento, empezó mi trabajo en el nuevo espacio de la Casa. Cuando llegué a la Cultural, los compas ya habían adelantado muchas cosas; limpiaron todo el espacio, cortaron el pasto y sembraron una parte de la huerta, una acción que no dejaba de ser simbólica porque la tierra en Potosí es muy seca, muy árida. Con el tiempo, conseguimos mejor tierra para sembrar, pero al principio todo era muy simbólico. Además, el parche había puesto cableado eléctrico, había pintado el interior de la casa y se habían organizado actividades en las cuales participaba la comunidad. Ese diciembre, unos meses antes de que yo volviera, se realizó una novena en la que participaron los vecinos, los niños y los parceros de la casa.

La Cultural empezó a tomar otro rumbo. Gracias a dos convenios de adecuación de espacios públicos, logramos cercar la casita. Primero se hizo un cercado muy rudimentario, pero con los años nos dieron las rejas que están ahora. Llegué a trabajar con la comunidad enseñando lo que sabía: música, circo y un poco de agricultura.

La Casa empezó a crear proyectos y talleres de teatro, música andina, tejido, danza y dibujo. Nosotros involucrábamos a la comunidad porque, por ejemplo, si íbamos a tejer, no lo hacíamos adentro de la casa si no en la calle para que los vecinos se antojaran. Repetíamos la misma estrategia con todas las actividades. De esa manera, los papás veían a otros niños bailando, haciendo música o circo y, así, traían a sus hijos para que hicieran parte del proceso. Los pelados que llegaban a hacer talleres y aprender cosas se entusiasmaban mucho. Uno tiene días en los que uno quiere trabajar y otros en que tiene pereza, pero los niños siempre estaban ahí puntuales. Había fines de semana en los que yo apenas me estaba desperezando a las siete de la mañana y ellos ya estaban en la puerta, y me decían: “¿Bueno, profe, y qué vamos a hacer hoy?”.

Esas épocas no fueron fáciles porque yo no tenía plata. Intenté entrar a trabajar al IDIPRON pero me exigían tener libreta militar y no la había sacado. En ese entonces, tenía una perrita, una pitbull. Yo hacía tallercitos informales de arte con los del IDIPRON y me pagaban un aporte mínimo. Con ese dinero me compraba unas menudencias para repartírmelas con la perrita. En ese punto, pensé que tenía que formarme de nuevo, no podía quedarme sin estudiar. Afortunadamente, la cuchita del frente de la Casa Cultural me ayudó a firmar los papeles para entrar a la Universidad Pedagógica, siempre voy a estar agradecido con ella.

Me empezaron a salir trabajos ocasionales en lo que sabía de formación artística, en agricultura y aprendí a hacer tatuajes. De a poco iba trabajando en la Casa Cultural y saliendo adelante con mi estudio, pero llegaron los problemas con el parche de la Casa y fue por el consumo de marihuana.

¿Por qué? Porque así como había chinos que colaboraban en el trabajo con la comunidad había otros que solo llegaban a parchar y a fumar. Decíamos ser un colectivo, pero a la hora del trabajo con la comunidad muchos se quedaban cortos. Siempre he pensado que si alguien estaba en la Casa, era para hacer algo. Les decía: “Usted viene a sacar pecho de que es de la Casa Cultural y que el proceso y no sé qué, pero, ¿qué estaba haciendo? Listo, venga y fume, pero también piénsese un taller, una actividad o plante alguna cosa, pero no venga a hacer nada”.

Muchos se rayaban porque les pedía que hicieran algo. Pude haber sido agresivo en algún momento, pero fue porque a mí me importaba ese trabajo con la comunidad y no considero que haya sido autoritario porque siempre trabajaba a partir del ejemplo. Yo estaba trabajando, cortándome y ampollándome las manos y más de uno llegaba a saludar y a fumarse su porrito, pero cuando veían que había trabajo, se iban. Solo pedía que colaboraran.

Era difícil que esos conflictos no pasaran. Éramos más o menos veinte cabezas pensando el proceso y, aunque teníamos claro el trabajo comunitario a partir del territorio, había posiciones diferentes sobre muchos temas. Un día alguien se levantaba de malas pulgas y se agarraba con otro, pero al final siempre estaba primero el proceso y la comunidad agradecía el trabajo: las caminatas, las actividades en defensa por la vida, el día a día trabajando con los niños. Los vecinos sabían y reconocían lo que se logró en la Casa Cultural. Muchas veces nos amenazaron porque ese trabajo afectó las redes del negocio y consumo de la droga. Nos decían que nos iban a levantar la casa a plomo y más de una vez nos tocó decirles: “Hágale que nosotros también sabemos defender el espacio. Y si tocan a uno, nos tocan a todos”. ¿Pero todo eso por qué pasó? Porque el trabajo que se hizo en la casa estuvo bien hecho, así de sencillo.

A mí me sacaron del proceso y no tengo problema en reconocerlo porque la cagué. Sí, hermano, la embarré porque le pegué a una compañera. Hubo algunos temas relacionados con el hurto y el abuso de confianza, y en medio de los tragos nos terminamos encendiendo a puños. Después de esos episodios los compañeros y compañeras de la Casa hicieron un juicio y me sacaron.

Yo sé que lo que hice estuvo mal. Primero, porque agredí a una mujer. Segundo, porque era una compañera que hizo parte del proceso desde la primera casa. Tuve muchas dificultades con ella porque era de las personas que siempre estaba por ahí y nunca hacía nada por el proceso, pero eso no significa que yo no reconozca que la cagué cuando le pegué.

Una vez, estuve cerca de volver a la Casa porque la compañera y yo estudiábamos en la misma universidad. En una clase que tuvimos juntos, se propuso estudiar procesos populares y salió el tema de la Casa Cultural Airu bain, que ya no se llama así porque le cambiaron el nombre. Hablé con ella y le pregunté que si íbamos a ir a analizar el proceso con el todo el curso y la china dijo que sí. Hicimos el análisis en la Cultural y después participé en una reunión para presentar una propuesta de trabajo con la comunidad. Creí que iba a seguir en ese proceso, pero al sábado siguiente, cuando era la reunión, me llegó un correo que decía que mi solicitud de reintegro a la Casa había sido denegada. A mí me dio risa porque nunca pedí que me reintegraran, creí que íbamos a hacer un nuevo proceso, pero no pasó.

De la Casa me hace falta la comunidad, el trabajo con los vecinos y los niños que todavía me ven en la calle y reconocen el proceso que se logró, pero no extraño a algunos pelados de ese espacio porque ni siquiera saben aterrizar el discurso. Por ejemplo, les preguntaba: “¿Bueno, compa, y para qué es la Casa Cultural?”, y no tenían ni idea, hay muchos que no sabían cuál era el proceso. Allá hay gente que ha hecho otras cagadas y no los han echado como a mí. Reconozco que la cagué, pero siempre me pregunto cuál fue el proceso que siguieron en la Casa, y pienso: “¿La solución era echarme o sentarnos a hablar y reflexionar sobre lo que pasó?”.

Hoy ya estoy alejado de la Casa Cultural y estoy metido en otras vainas. Por ejemplo, la semana pasada estábamos trabajando con una comunidad de personas desplazada que el ESMAD y las fuerzas del Estado están desalojando. Ellos quieren hacer un nuevo barrio en las montañas de Ciudad Bolívar y estamos negociando con los dueños del territorio para que permitan que la comunidad pueda asentarse ahí. Y, nada, compita, hace poco me gradué, después de mucho trabajo, y sigo con mi estudio de tatuajes, siempre dispuesto a la lucha.

***

Nos citaron a la Casa Cultural a las 9 de la mañana. Mi papá y yo llegamos un poco tarde porque me demoré en recogerlo. Esta vez fuimos por nuestra propia cuenta porque Liliana me dijo que esa noche iba a ir a una fiesta y que ella iba después. Sarnas nos estaba esperando en la reja, nos reconoció. Adentro de la casa había bastantes personas, la mayoría llevaban tapabocas, pero no estábamos muy distantes los unos de los otros. Cada uno venía de diversos lugares, algunos de otros barrios y casas culturales de Ciudad Bolívar, otros de Usme o Soacha.

Nos encontramos para ir a la montaña. Después de que se pasa Potosí, empieza la zona rural de Bogotá; hacía el sur, se llega a Soacha y hacía el oriente, a Quiba. Nosotros íbamos a un lugar que conocen como Cerro Seco donde hay una pequeña laguna. Las montañas de Potosí son desérticas, secas, hay poca humedad y casi nula vegetación. El suelo y ecosistema de estas montañas se define como subxerofítico, característica de los bosques secos y los desiertos de clima frío. La gente del sector va los fines de semana con la familia a hacer paseos de olla, montar a caballo, tomar aguardiente o llevar a los niños a que jueguen corriendo por el cerro. Era agosto y el plan por esos días era ir volar cometa.

Las muchachas y muchachos de la Casa Cultural llevaban algunas semanas organizándose para visitar la montaña. La idea era hablar con las personas que visitan la laguna y dejan basura por todas partes. La encargada de explicarnos los detalles era Angie. Hacía frío y tenía la nariz un poco roja, se cubría las manos alargando las mangas de su camisa y, cuando no las utilizaba para afirmar una idea, las escondía entre sus piernas para guardar un poquito de calor. Estaba sentada al frente de todos los que la escuchábamos. De vez en cuando hacía una pausa para tomar de la bebida caliente que tenía al lado sobre una mesa y continuaba hablando.

Nos contó que en toda Bogotá se está construyendo una red de huertas. Desde Fontibón, pasando por el centro hasta el sur de la ciudad. Dijo que apenas es un conspire, una especie de plan a futuro, en el que la Casa Cultural de Potosí se había metido para tejer redes. Además, comentó que uno de los propósitos centrales de la huerta era lograr la soberanía alimentaria del espacio y que la Casa Cultural ya cultivaba algunos alimentos. Otro de los objetivos del lugar es el reconocimiento y estudio de ciertas plantas que han sido estigmatizadas por la comunidad.

La Casa Cultural fue espacio que se recuperó porque era considerado por los vecinos como un “consumidero de marihuana”, un escenario peligroso para la cotidianidad de Potosí. Por eso, ellos quieren enseñarles a los que se acercan a la Casa que, por ejemplo, el árbol de borrachero o la planta de marihuana son solo plantas y que el consumo es un asunto de orden social y no necesariamente un problema para la seguridad del barrio.

“El lugar al que vamos hoy es un territorio que recuerdo con mucho cariño”, nos dijo Angie. Cuando ella tenía 7 años, aprendió a nadar en la laguna a la que nos dirigíamos. Hoy, el agua de ese estanque no es lo que era hace algunos años, está seco y sucio. El problema medioambiental que ocasiona la minería es uno de los principales conflictos de la localidad. Los dueños del territorio se han apropiado de las montañas y las explotan a placer. Angie recuerda que corría por la montaña donde está el Palo del Ahorcado jugando con sus amigos. Hoy, los niños que van allá, según nos contó, son expulsados por agentes privados que contratan los propietarios de las montañas. Por eso, en los últimos años, se ha activado la fuerza de la comunidad en Potosí y Jerusalén, que sigue el espíritu del paro cívico del sur de Bogotá en el 93, y que reclama su derecho a habitar la montaña, a frenar la explotación del territorio y la dignidad del cumplimiento de los derechos de la comunidad.

Ya era hora de salir. Nos encargaron llevar unos letreros que iban a colocar a los alrededores de Cerro Seco que invitaban a la conservación y cuidado de la laguna. Le di uno a mi papá y empezamos a caminar hacia la montaña con todo el grupo. Sarnas iba a nuestro lado. Me contaron que él siempre acompaña al grupo y que le encanta caminar con los de la Cultural. En 10 minutos de caminata dejamos atrás la ciudad y entramos a la montaña seca y fría. No había árboles a la vista, pero sí mucho viento y el suelo se veía árido. Me adelanté un poco para hablar con Angie y Sarnas me siguió. Cuando volteé a mirar, el perro ya no estaba, se había adelantado por los caminos de Cerro Seco para llegar a la laguna.

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