Crónica

Janeth, Daniel y el Ojo al Sancocho

La lucha por democratizar el cine

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Llegamos a Bogotá desde Armenia. Éramos tres: mi mamá, Rubí Alba Betancourt, mi hermano, Edgar Gallego, y yo, Janeth Gallego. Mi padre estuvo en algunos momentos de la vida, dándoselas de buen papá, decía mi madre, porque en realidad nunca hizo parte de nuestra familia. Ella trabajó en oficios varios: aseo de casas, de oficinas, de cocina, cuidado de casas quintas, en fin. Siempre estaba al frente, andando por todas partes para sacarnos adelante, yendo de lugar en lugar para buscar oportunidades.

Mi mamá recorrió todo el Eje Cafetero y el Viejo Caldas hasta que llegamos a la capital. Yo nací en Aguadas, Caldas. De ahí, fuimos para Castilla, luego pasamos a Salamina, después vivimos en Chinchiná, en Manizales, en Armenia, en Montenegro, en La Tebaida y en Circasia. Volvimos a Armenia y terminamos en Bogotá, en el barrio Nueva Argentina de Ciudad Bolívar.

Abandonamos Armenia por el terremoto de 1999, en ese entonces yo tenía 15 años. La situación se puso muy complicada y mi mamá no encontraba trabajo. En ese momento, un amigo le dijo a mi madre que viniéramos a frentear la situación a Bogotá. Así fue que terminamos acá. De cierta manera, mi mamá siempre huyó de su familia y de mi papá. Cuando nos asentábamos en algún lugar, terminaban llegando. Ella me decía que no le gustaba la forma de ser de ellos. La verdad, son unas personas bien pesadas y machistas. De tenerlos cerca a no tenerlos es casi lo mismo, no hay mucha diferencia.

Recuerdo que el día del terremoto mi mami no fue a trabajar porque me iba a acompañar a terminar unas agendas que estaba haciendo. Mi hermano también estaba en la casa, en descanso del servicio militar obligatorio. Acabábamos de almorzar fríjoles, me acuerdo. Mi mamá fue a la cocina a cerrar la olla exprés. Yo había ido a mi cuarto y mi hermano estaba en la sala. Cuando empezó a moverse la tierra, no fue algo normal. En ese momento, yo había cogido la puerta del mueble para buscar la ropa y lo primero que pensé fue: “Uy, la puerta se dañó”. Mi mamá estaba poniendo la olla sobre la estufa y, cuando empezó a temblar, dijo en voz alta: “¿Aquí qué pasa?”. Menos mal la olla tenía tapa, si no, se habría regado encima los frijoles hirviendo.

Todo empezó a destruirse, las patas de las sillas se rompieron, los cuadros se cayeron de las paredes y de fondo se escuchaba a los perros aullar. La tierra crujía y sonaba extraño, como si el piso se rompiera desde lo más profundo. Vivíamos en un segundo piso, en una casa que estaba justo en el linde de un cafetal. Había palos de café sembrados alrededor y, más abajo, una quebrada que lindaba con otro barrio. Cuando pasó el terremoto, nos asomamos por la ventana. Había mucho polvo, como si una estampida de elefantes hubiese pasado. No se veía nada. La gente nos gritaba: “¿Ustedes qué hacen trepados allá? ¡Bájense!”.

Cuando salimos de la casa y bajó el polvo, miramos a los otros barrios y solo se veían ruinas. Fue una sensación de mucho dolor. Ese día nos quedamos en la casa, pero incomunicados. Yo realmente no estaba asustada, pero sí me sentía en riesgo porque las réplicas siguieron hasta la noche. No podíamos hacer nada porque la tierra se movía todo el tiempo y las personas, del pánico, corrían otra vez a la calle. Teníamos incertidumbre de saber qué pasaría. Además, era muy inseguro quedarse dentro de las casas.

La comida empezó a escasear. Lo poco que quedaba en las tiendas, lo vendían a un precio muy alto. Después de 12 o 13 días, completamente incomunicados, una familiar de nosotros, que vivía en Pereira, nos contactó para irnos. Estuvimos por varios pueblos, pero teníamos que regresar porque iban a reiniciar las clases. El colegio donde yo estudiaba también se cayó, no completo, por partes. Era un edificio de cinco pisos y las escaleras quedaron separadas de los bloques. Ese colegio fue reubicado y se construyó de cero.

Al frente de la casa vivía una vecina que estaba embarazada. El día del terremoto ella salió a comprar algo a la tienda. Cuando volvía a su hogar empezó a moverse la tierra. Se asustó tanto que se cayó feo. Desde entonces, le dolió todo el cuerpo, pero le tocó esperar casi un mes para ser atendida por los médicos porque los hospitales colapsaron. Luego, cuando nació la niña, tuvo un problema en sus pies y la operaron. Alrededor de mi casa pasaron muchísimas cosas, tantas, que pensaba: “A mí no me pasó nada, no me cayó ni una porcelana en la cabeza. Ni siquiera se regaron los frijoles”.

Cuando la situación se volvió insoportable, mi mamá tomó la decisión de venirse para Ciudad Bolívar. Llegamos acá porque la persona que nos ayudó a instalarnos en Bogotá conocía Candelaria La Nueva.

Estuvimos en Bogotá para Navidad. Llegamos a la capital como a las tres o cuatro de la mañana después de viajar día y medio por carretera. Hacía mucho frío y teníamos un hambre horrible. Nos dimos cuenta de que estábamos en una lomita, y se sentía que la ciudad era muy grande, pero estaba muy oscuro y no se veía bien, era como tener los ojos vendados. Más tarde, cuando amaneció, vimos ese lugar gigante que jamás habíamos imaginado. Fue un choque bien fuerte. Nos adaptamos a todo, excepto al frío.  

Toda mi ropa eran vestidos, shortcitos y pantaloneticas; mis camisas eran súper escotadas y no tenía sacos. Cuando me ponía uno, me molestaba. Me incomodaba usar ropa diferente a la que estaba acostumbrada. Recuerdo que era imposible calentarme los pies.

Como no sabíamos que tocaba inscribirse en el colegio con unas semanas de anticipación, me quedé sin estudiar hasta Semana Santa ya que conseguimos cupo en un colegio en la localidad de Kennedy. Tenía que levantarme muy temprano y coger un bus repleto para irme sola hasta allá. En Armenia se llenaban, pero no como aquí. Me sentía insegura porque el autobús tenía una ruta que llevaba al lugar, pero a veces se desviaban. Siempre pensaba: “Por qué estamos dando la vuelta por aquí, por qué da la vuelta por acá”. También me sentía mal por cómo me miraban los hombres. Creo que pasa lo mismo en Armenia, pero allá sabía a dónde correr. Aquí me sentía insegura y si me pasaba algo, no sabía a dónde ir.

Me la pasaba encerrada. Me acuerdo una vez que salí a la tienda y estaba haciendo mucho viento. Ese día había unos chinos jugando en la calle. Yo no tenía ropa tan adecuada, iba en falda. Cuando estaba afuera, empezó a hacer viento muy fuerte y los muchachos gritaban: “¡Sopla viento, sopla viento!”. Llegué a mi casa muy asustada. Le decía a mi mamá que me sentía muy rara en Bogotá y que tenía miedo. Sin embargo, fue peor una vez que salí al centro. Creo que mis faldas eran muy cortas y una vez que iba por la carrera séptima, se aproximó un chico y me dijo: “Uy, qué piernas tan lindas”. El man se acercó aún más y me las quería tocar. Yo solo pensaba que la gente en Bogotá era muy abusiva. Me parecía que era muy paila y pensaba: “Esta no es la ciudad soñada que imaginé”.

Todo el mundo idealiza Bogotá. Por eso es que hay tanta migración hacía acá. La gente desplazada sueña con que van a encontrar un paraíso distinto a lo que les tocó vivir, pero nada que ver.

Cuando entré al colegio, todos mis compañeros habían crecido juntos y tenían amigos. Yo estaba sola. Fue una época en la que me tocó pensar mi vida muy conmigo misma. La gente en la ciudad crece de otra forma, yo venía de un pueblo. A mí me parecía que mis compañeros no tenían mi edad. Sentía que tenían cuatro años más. Ellos pensaban cosas que yo no tenía ni idea. Se escapaban de clases y se iban a jugar pico botella a las casas de los amigos, tomaban trago y también eran re vulgares. Se burlaban de mí porque lo único que me atrevía a decir era: “Ay, mariquis”. Me decían todo el tiempo: “No, paisa, lo dice o no lo dice. Dígalo completo, no se las dé de santa”. Me decían que yo era mojigata y que me tapaba mucho. Sentía que no encajaba y que no era parte de esta ciudad.

A veces me iba con ellos. Parchaban hasta tarde y para que no los regañaran sus padres, decían mentiras. Yo pensaba que debía ser más chévere poder tener la confianza en la casa para decir que uno se quedó un rato con los chinos farreando después de las clases. Hoy pienso que esa falta de honestidad se debe a que esas familias son muy desestructuradas. Además, no había tiempo para los hijos porque los papás siempre estaban trabajando y cuando uno llegaba a la casa no había nada para hacer. Hoy en día analizo ese contexto y pienso: “Con razón a estos chinos no les gustaba llegar a la casa”.

Como no me sentía a gusto en mi colegio, muchas veces pensaba en lo que quería hacer en mi vida, y ese pensamiento, de una u otra forma, me llevaba al terremoto. En ese momento, aunque no vi la muerte de frente si alcancé a sentir que me podía morir y eso, a los quince años, me cambió la perspectiva. Vi gente que perdió su casa o su carro y ahí les quedó su proyecto de vida. Después de ver eso me pregunté si lo que quería en mi vida era tener plata para conseguir un bienestar o quería realmente ser feliz. Así que me puse a buscar actividades para hacer en el barrio.

Un día, fui al supermercado y vi un letrerito que decía: “Inscríbase a los talleres de actuación”. Me grabé el número en la memoria y les marqué. A los pocos días fui. Es una organización que se llama Fundación El cielo en la Tierra y era de creencias marianas, pero era muy chévere porque les enseñaban a los niños a dibujar, a actuar y hacer actividades muy diferentes a lo que había en la cotidianidad de la localidad.

Como era más grande que el resto de niños, yo acompañaba a una profesora que daba clases de dibujo y les enseñaba a los chicos todos los métodos técnicos. Por ejemplo, qué era el primer, segundo y tercer plano para explicar qué tan lejos se ve un objeto o que si se pinta con un color mucho más fuerte al fondo, se puede percibir que hay una distancia y una profundidad.

Yo le ayudaba a alistar los materiales y asistía a algunos niños que me pedían ayuda para dibujar una línea, una bolita u otro tipo de cosas sencillas. Un día, la profe no fue y uno de los encargados de la fundación me dijo: “Bueno, Janeth, hoy no viene la profe. Te tocó dar la clase a ti sola con los niños”. Me quedé mirándolo porque creía que era un chiste y no dije nada. Él me repitió: “Es en serio, Janeth, te toca dar la clase”. No sabía qué hacer, pero me tocó aceptar y dar la clase.

Sentía que los niños llegaban muy cargados a clase y se empujaban, pegaban y molestaban. En cierta medida, decirles que se quedaran quietos no era la solución porque sabía que estaban ofuscados y no iba a funcionar. Si se comportaban así, era por algo. Así que les dije: “Bueno, vamos a pintar nuestra emoción más significativa de la semana, pero solo con un color”. A mí me temblaba todo, hasta el pelo. Los chinitos empezaron a dibujar. Primero, les hice un ejercicio de respiración para que estuvieran tranquilos y pensaran en sus emociones, cualquiera de ellas. Esa idea fue muy intuitiva, la saqué del alma. Cuando terminaron, les indiqué que íbamos a compartir sus dibujos con los demás.

Les mostré mi dibujo y dijeron que lo hice rojo porque en mi casa me pegaban o porque mi hermano no me respetaba. Afirmaron un montón de cosas que me hicieron pensar que de alguna forma yo pude haber tocado o abierto unas heridas que ellos tenían gracias a un dibujo. Hoy pienso que fue un acto muy humano, pero también de mucha irresponsabilidad porque esos ejercicios no se pueden tratar a la ligera.

En ese entonces, interactué más con ellos y después de que terminábamos las clases, íbamos al parque. Algunos niños de los que no habían hablado en el momento de compartir los dibujos se acercaban a hablar conmigo de lo que pasaba en sus casas y no me contaban cosas bonitas. Yo miraba a algunos montar columpios, otros correr y pensaba: “Pobres chinos, cómo mantienen recargados sus vidas”. Me sentía triste porque pensaba que habría sido mejor decirles que pintaran un carro de diferente color y ya, pero eso fue lo que me surgió en la espontaneidad del momento. Eran historias que escuché durante mi infancia y, tal vez de forma ingenua, imaginaba que eso no les pasaba a los niños en Bogotá. Me preguntaba: “¿Dónde están los niños felices que me prometieron de esta ciudad?”.

En esa fundación conocí a Daniel. Él era el profe de teatro y también estaba haciendo unos productos audiovisuales para Canal Capital. Yo empecé a acompañarlo porque me gustaba la actuación. Al mismo tiempo que estaba en la fundación, me inscribí a un grupo de teatro en Ciudad Bolívar de la Universidad Distrital, aunque solo duró un semestre. Me invitó una amiga que estudiaba actuación en la ASAB. Recuerdo que hicimos una obra de teatro sobre el caos que se vivió el día del Bogotazo. Para mí, fue como encontrarme con una realidad social desconocida. Esa obra me hizo pensar que el arte realmente tenía que tener un sentido más allá del momento de la puesta en escena, tenía que entrar en las realidades sociales de nuestro país. Hoy pienso que me integré en los talleres de la fundación en los que estaba Daniel porque sentía que él, de alguna forma, también buscaba eso.

Gracias al teatro empecé a sentirme parte de la ciudad. Me encontré gente de la localidad con historias parecidas a la mía y tuve otra clase de amigos. Me cambié a un colegio que estaba en Ciudad Bolívar y pasaba más tiempo en la fundación. Estaba rodeada de otros locos que pensaban igual que yo. Esas cosas que había visto en Armenia, de que lo importante en la vida no era conseguir dinero o un trabajo, también las pensaba esta gente. El objetivo de la vida no era ponerse a estudiar algo que diera dinero sino la oportunidad de ser una misma, de ser feliz y compartir con otros.

Mi mamá siempre decía que había que conseguir trabajo y estudiar algo que diera plata. Así que cuando me veía andar con mochileros, todos mechudos, ella sentía que yo no iba para adelante. Mi madre también era víctima de prejuicios muy fuertes. En Ciudad Bolívar ser joven es un estigma. Como mis amigos eran mechudos, mi mamá decía que esa gente no hacía sino fumar. Pensaba que me decía esos prejuicios, no por ella, sino por la vecina que le dijo que tal persona hizo esto y la otra persona hizo lo otro.

Lastimosamente, el grupo de teatro se acabó muy rápido, pero seguí con la Fundación El cielo en la Tierra. Cuando me gradué del colegio, viajé de vuelta a Armenia porque tenía una amiga que iba a cumplir 15 años. No sabía cuándo iba volver porque quería asegurarme un trabajo, pero justo en ese momento me llamó Daniel y me dijo: “Oye, acá en la fundación salió un proyecto. Tú podrías ser una de las personas dentro de los procesos de formación. Ellos te hacen un aporte económico mínimo para que te puedas mover”. Me explicó que era un proyecto de fortalecimiento de iniciativas juveniles para potencializar lo que los jóvenes piensan y el pago realmente alcanzaba apenas para subsistir, pero no me importaba así que acepté de una. 

En ese momento, mientras trabajamos en los procesos de formación, Daniel también hacía unos trabajos de edición en los que yo lo ayudaba. Ahí empecé a pasar mucho tiempo con Dani. Todo el tiempo de arriba pa’ abajo. La sede principal de la fundación queda en el barrio Nicolás de Federmann así que los dos íbamos desde Ciudad Bolívar y regresábamos juntos. Hablábamos mucho más y nuestra situación se volvió diferente. 

Hasta ese entonces, Daniel había sido mi único amigo. Recuerdo, por ejemplo, una compañera que tuve en el colegio con la que éramos cercanas. Ella era más tranquila que los otros porque era cristiana. Un día me invitó a su iglesia y fui. Yo no era cristiana, pero estaba en ese proceso de encontrar mi lugar en el mundo, aunque allá tampoco fue, me sentía como mosca en leche. Le dije a Dani que me acompañara porque era lejos de donde yo vivía. En ese momento, apenas nos conocíamos.

Daniel me acompañó dos o tres veces. Avancé de nivel en la iglesia y me iban a mandar a un grupo más cerca de la casa, sin embargo, me dijeron que no podía volver a ver a Daniel porque no podía tener amigos mechudos. Pero eso no iba a pasar, era imposible, él era el único amigo que tenía. Era renunciar a mi amigo o quedarme con la religión. Para mí fue fácil tomar la decisión, la religión no me estaba dando lo que yo quería en mi vida.

Siempre vi a Dios y la religión de una forma diferente. A mí no me pueden imponer o decirme cómo ver a un Dios, y creo que eso viene de mi infancia, cuando íbamos con mi mamá de lugar en lugar. Éramos muy chiquitos y mi madre empezó a trabajar en la iglesia con los párrocos de la casa cural de Aguadas, Caldas. Había resto de curas en ese espacio y por la noche siempre se escapaban de rumba. Mi mamá les abría la puerta de la casa a las dos o tres de la mañana y siempre llegaban borrachos. Por las mañanas olían a cerveza. Para mí, los curas siempre fueron seres humanos normales.

También me acuerdo que se comían los pedazos de las hostias que quedaban. A veces me llamaban junto con mi hermano y nos decían: “Estas hostias se van a pasar, cómanselas aquí o vayan y buscan mantequilla para echarles”. Así que mi relación con la religión era totalmente diferente. Los veía en esa vida cotidiana jugando y actuando a ser curas. Cuando mi papá llegó a pedirle otra oportunidad a mi mamá y empezó a fastidiarla, nos fuimos a la casa cural en el corregimiento de Castilla en Pácora, Caldas. Allá conocimos un padre que había embarazado a la señora que lo ayudaba con el aseo.

Así que cuando me pusieron a escoger entre mi amigo y una religión que quería imponerme cosas, no dude. En la Fundación El cielo en la Tierra había mucha libertad y, sobre todo, siempre sentí que Daniel era una persona con la que yo compartía pensamientos parecidos en la vida. Él fue mi gran amigo durante mucho tiempo, pero cuando me llamó para trabajar en el proyecto de fortalecimiento, empezamos a ser novios.

Yo no lo veía como un maestro idealizado, sencillamente era el profe. Sus clases eran de teatro y le ayudaba a uno a centrar las emociones, a pensar cómo íbamos a hacer una escena en la que mostráramos, de cierta forma, nuestra libertad. Eran actividades muy introspectivas y esas clases me encantaban porque me ayudaban a encontrarme, a reflexionar y a pensar colectivamente. 

Aunque lo consideraba como mi amigo, a él le dio por enamorarse. Se tiró la amistad. Él me empezó a decir que tuviéramos una relación, pero al principio me negaba. En cierta medida, sentía que deberíamos seguir siendo amigos. Hoy, sé que ha sido muy significativo para mi vida. Estaba acostumbrada a ver a Dani como mi amigo, me encantaba escuchar sus historias, ayudarle, acompañarlo y después todo se puso raro.

Cuando empezamos nuestra relación, sentíamos que era momento de hacer algo más. Un colectivo que fuera más allá. Ahí nos integrarnos con otros compañeros, como Felipe Ávila y Alexander Lloza que también se estaban pensando la idea de generar otra organización. Así, poco a poco, construimos Sueños Films. Daniel, Felipe y Alexander integraron la Mesa Local de Juventudes y a acompañaron otros procesos locales y culturales. De esa forma conocimos a otras personas y nos relacionamos a nivel local con otros proyectos. Además, Daniel decidió abandonar la Fundación el Cielo en la Tierra y empezar un proyecto común con otros amigos y conmigo.

Por esa época, también decidimos tener una familia, así que comenzamos a vivir juntos. En ese momento, llegó Marcela Rodríguez, una persona muy cercana a nuestros proyectos, quien trabajaba en la Alcaldía de Bogotá y nos dijo: “Oiga, ustedes son muy pilos y muy bacanos, deberían, con eso del audiovisual, postularse a un proyecto grande que yo tengo”. De ese modo, en el 2005, nació Sueños Films Colombia, la productora de cine comunitario y participativo que fue la semilla del Festival Internacional del Ojo al Sancocho.

***

A Janeth la conocí porque ella tomaba clases de actuación y teatro que yo daba en la Fundación El cielo en la Tierra. Ese taller después se convirtió en actuación para televisión de una serie que se llamó Historias Vitales que se emitió en Canal Capital. Ahí nos conocimos. Primero tomó los talleres de actuación y más adelante hizo algunos cortos. Ella actuaba, escribía y dirigía.

Fuimos amigos dos años y medio. La vaina no fue inmediata, pero cuando vine a vivir a Ciudad Bolívar, sabía que acá iba a estar la persona para compartir la vida. Yo decía que no quería una persona del norte, ni del centro, ni tampoco de Bogotá. Estaba seguro de que quería construir una familia con alguien de afuera, de las regiones. En mi vida todo lo proyecto a cinco, diez o veinte años.

No nací en Ciudad Bolívar, me habría gustado, pero no, nací en el San Ignacio, al lado de la Universidad Javeriana. De niño, mi mamá me dio un paseo por toda la ciudad. Ella decía: “Daniel, jamás vamos vivir en Ciudad Bolívar porque es muy peligroso”. Por esas palabras creo que crecí queriendo ir al peligro, y así ha sido toda mi vida.

Mi mamá tuvo muchos problemas económicos. Ella tiene una historia bien particular, fuerte y muy triste. Estuvo secuestrada por las mafias en Medellín como 12 o 14 años. Cuando logró recuperar su libertad, comenzó a rehacer su vida cuando ya tenía 30 años y vino a vivir a Bogotá. Cuando mi mamá se adaptó a este frío, a esta ciudad y a la sociedad normal, aunque en realidad no sé cómo se llama esta vaina, nací yo.

Ella no quería tener hijos, pero cuando supo del embarazo, dice que lo tomó bien. En ese primer momento de mi vida, mi mamá vivía con muchos nervios porque tenía bastantes enemigos. Teníamos que cambiar cada 15 días o cada mes el lugar de residencia. Así pasé mi infancia entre Chapinero, Barrios unidos, el Siete de Agosto, Galerías, Suba, Usaquén, Las Cruces y Kennedy, que fue, este último, lo más al sur que vivimos.

A mis seis años hubo un acontecimiento que me cambió la percepción de la vida. Cuando el M-19 iba a tomar el Palacio de Justicia, unos días antes, ellos intentaron matar o secuestrar a un cura, realmente no sé cómo era la vaina. Yo estaba en la misa en la que sucedió ese cuento, con mi mamá y mi hermana, que era una bebé recién nacida. Cuando mi madre vio a los guerrilleros, se asustó. Intentó salir de la iglesia y la agarraron. La hicieron arrodillar mientras cargaba a mi hermana en sus brazos. A mí me pusieron un fusil en la espalda mientras me gritaban que no me moviera. Sentí que hasta ahí había llegado todo, que ahí se había acabado mi historia y eso fue interesante. Creo que ahí perdí la infancia, en el sentido de que comencé a tener un raciocinio de la realidad. Adquirí una conciencia que no sé si es normal para un niño de seis años.

La infancia que perdí, me la salvó, en cierta medida, el cine. Una cosa que le agradezco a mi mamá es que me llevó a ver películas desde que nací; literalmente desde que tenía uno o dos meses. Mi madre me llevaba junto con mi hermana a los matinales porque ella fue extra en una película y nos llevaba a verla. Su sueño fue ser actriz, pero no lo logró. Esos matinales presentaban varias películas de corrido los domingos. Pasaban mucho el cine mexicano, pero también las cintas de Alfred Hitchcock, que a mi mamá le fascinaban. Veíamos esas películas de terror y mi mente comenzó a imaginarse muchas cosas de la realidad que yo vivía como si fueran una película.

Así que siempre he recordado, como si estuviera en el cine, la imagen de los guerrilleros que me ponían una ametralladora en la espalda. Yo estaba muy impresionado porque, de cierta forma, sentía que no haber muerto ese día significó tener otra oportunidad. Después de vivir eso, le dije a mi mamá que me enseñara a leer porque quería enterarme de lo que pasaba en el mundo. Me acuerdo que me la pasaba con ella en la calle. Andábamos por el centro de Bogotá y yo veía que mucha gente leía el periódico o se detenía a leer los titulares en las casetas que había sobre la avenida 19. Me preguntaba: “¿Qué lee la gente? ¿Qué es eso? ¿Por qué la gente lee ese papel?”. Cuando mi mamá me enseñó, comencé a leer los periódicos, las revistas y todas las vainas que había en esas casetas.

Me enteré de lo que pasaba en el país y fue difícil. Había un periódico que se llamaba El espacio; recuerdo que un día lo cogí y me puse a leer en voz alta. Leí que a un señor que iba saliendo de una joyería, le habían metido nueve balazos en un atraco. Mi mamá se quedó callada un momento y después me pidió que leyera de nuevo el nombre del muerto. Era su hermano, uno de los que ella tenía y que nunca conocí. Lo asesinaron por robarle plata y nos enteramos por un periódico que había en una caseta. Conocí a mi tío en una noticia. Fue muy difícil porque mi mamá no lo veía hace mucho tiempo y enterarse de esa forma, le dio duro.

En medio de esas tristezas, creo que uno de los momentos más chéveres de mi infancia, fue cuando vivíamos frente a la Universidad Nacional, en un barrio que se llama El Recuerdo. Estudié parte de la primaria en el colegio que detrás de la Lotería de Bogotá entre la avenida 26 y la carrera 30. A mi mamá, en el fondo, le daba la misma que yo estudiara o no porque no cree en la educación tradicional. Por eso, al final, ella me enseñó a leer. Me decía: “Si usted quiere pasar el año bien y si no, haga lo que le dé la gana”. Entonces jugaba fútbol todo el tiempo, era arquero, me acuerdo. También pasaba mucho tiempo en La Nacional ayudando a los pelaos que hacían las papas bomba. Con 10 o 12 años me les pegaba a ellos y me iba para las manifestaciones. Fue chévere esa época, un momento de acceso a nuevas perspectivas.

Mi mamá era, y es todavía, como chiflis. Cuando nací, ella aceptó criarme, pero no estaba dispuesta a tener más hijos. Así que cuando nació mi hermana, mi mamá se la encargó a otra señora. Mi hermana tiene dos mamás. Lo mismo pasó con mi siguiente hermano, pero a él lo mandó a una especie de internado. Ese niño creció sin papá y sin mamá. Hoy en día, mi madre y mi hermano están intentando recuperar esa relación que no fue y viven juntos hace tres años.

A mí, a los 12 o 13 años, mi mamá me consiguió una familia que me adoptó. Ellos eran parte de un grupo católico de izquierdosos. Muchas personas de ese grupo estaban escondidas porque las perseguían para matarlas. También había gente intelectual en ese combo, que había intentado hacer una especie de comunidad hippie. Mi madre tenía un amigo dentro de esa vuelta. Era un fotógrafo australiano que se llama Felipe Townsend. Ella simplemente le dijo a Felipe: “Mi hijo ya no puede estar más conmigo, recíbalo”, y él aceptó.

A partir de mi adopción, comencé a estudiar bastante. Terminé el bachillerato con ese grupo religioso, pero, al mismo tiempo, también estudiaba psicología, sociología, teología, agricultura, entre otros temas. Nunca perdí contacto con mi mamá y en la actualidad hablamos en ocasiones. Viajé con esa comunidad católica por muchas partes del país y en ese proceso descubrí que mi camino era ser monje. Quería serlo porque sentía que era una forma de poder servir a la gente, romper los ciclos de violencia y, en cierta manera, ayudar a las comunidades. Así que me instruí para ser monje, pero al mismo tiempo conocí a una chica, entonces abandoné ese camino.

Fuimos a vivir juntos a Suesca, que está a poco más de 60 kilómetros de Bogotá, pero solo duramos un par de meses. La vaina no funcionó porque yo sentía que era muy joven para empezar a vivir con alguien. Antes había conocido otras mujeres, pero ella fue el primer amor profundo que tuve, por decirlo de algún modo. Nos separamos, además, porque quería ponerme a estudiar, así que me devolví a Bogotá y entré a psicología y a cine.

Cuando llegué a la ciudad otra vez, tuve un amigo que se llama Daniel Ariza. Él es actor y en ese entonces le estaba yendo muy bien, era famoso porque salía en una novela de televisión. Nos hicimos amigos porque yo empecé a trabajar en una agencia de empleos como asistente y él llegó allá un día. Nos pusimos a hablar y él me contó que estaba haciendo una escuela de cine que se llamó “Cine pa’ tv” con un fotógrafo de cine que se llamaba, porque ya murió, Jorge Cifuentes. Daniel me invitó a participar en la escuela que quedaba en la 24 con quinta, al frente de la Biblioteca Nacional. En esas épocas, en Bogotá, se fundaron varias escuelas como la de Augusto Bernal, Black María; la escuela de los Sánchez; la escuela Lumière. De ese modo, empecé a trabajar en Cine pa’ tv como asistente, y aprovechaba para estudiar cine y teatro ahí mismo.

Al estudiar cine en esa escuela, me pregunté: “¿Quién o cómo se hace el cine en Colombia? ¿La gente del común puede hacer películas?”. Los profesores me decían que para una película se necesitaban 500, 1000, 2000 o 3000 millones de pesos. Yo, que he vivido toda la vida vaciado, pensaba que era mucho dinero para hacer un solo largometraje. Venía a mi cabeza la gente que me encontraba a diario, los vendedores ambulantes, la mesera del restaurante, el conductor del bus ¿Esa gente puede hacer cine?

Comencé a investigar y encontré a Martha Rodríguez y a Víctor Gaviria. Ellos hacen un cine social y está bien, pero son directores y graban la realidad a su manera. Yo me preguntaba, más bien, si el actor de Chircales podía ser el que hiciera la película o si la actriz de La vendedora de rosas podía dirigir y hacer su propio largometraje. Había pocas o nulas experiencias y ese fue el momento en que decidí dejar de estudiar cine. 

No quería estudiarlo bajo esas circunstancias, sino que me interesa más investigar cómo hacer un cine más participativo, con la gente del común. En ese momento, conocí a una persona que entró a estudiar en Cine pa’ tv y que se convirtió en uno de mis mejores amigos. Es curioso cómo la vida le va dando las cosas a uno. Ese man era músico, pero se terminó metiendo a estudiar cine. Un día, me estaba contando que todos los sábados él iba a Ciudad Bolívar a donar unas clases de música para niños a una fundación que se llama Los Ángeles. A mí me sorprendió y le dije que me le pegaba, que no conocía Ciudad Bolívar, pero que contara conmigo.

A los días de haber hablado, exactamente un sábado, allá estábamos. Fue bacano porque llegué a darles clases de teatro a niños entre 10 y 12 años. Cuando terminamos la sesión, esos chicos quedaron contentos. Ahí vi la luz. Como yo venía de esa concepción católica del servicio, en ese momento, sentí que había encontrado mi camino. A partir de ahí, pensé: “Aquí me quedo, aquí está el lugar donde estoy cómodo y donde puedo servirle a la gente”. Sentí que había que dar el paso y, como así he sido toda la vida, me guié por la intuición. Cuando volví ese día a casa, estaba tan feliz que tomé la decisión de renunciar a Cine pa’ tv.

A los días ya estaba en Ciudad Bolívar otra vez. El primer día que fui, mis amigos me llevaron en carro. A la semana, me tocó ir solo. No sabía cómo llegar, ni qué bus tenía que coger. Me acuerdo que esa segunda semana me puse un traje súper elegante, como de artista, y llegué a un barrio que desconocía, pero que hoy sé que es Candelaria La Nueva. Me asusté pensando que me iban a secuestrar o que me iban a robar. Estaba totalmente desubicado, no sabía hacia dónde era el norte, el sur, ni el occidente. Finalmente llegué preguntando a la gente. Di mi segunda clase y, a partir de ahí, comenzó todo. Les dije a mis amigos que tenía en la fundación que quería quedarme en Ciudad Bolívar, que me parecía bien venir los sábados, que eso era activismo, pero que creía que uno tenía que estar con la comunidad todo el tiempo.

Armamos un parche de ocho o nueve personas y nos vinimos a vivir a Ciudad Bolívar. Todos éramos católicos, la mayoría gomelos, pero chéveres. Eso fue a finales del 99 e inicios del 2000. Comenzamos arrendando una casa en la parte baja de la localidad porque antes era muy peligroso subir y nos tenían prohibido ir a la montaña. Al inicio, hicimos procesos de cine y videos participativos, cortos muy sencillos con la comunidad. Después un tiempo decidimos que era necesario hacer nuestra propia fundación. Creíamos que éramos una misión de monjes que Dios había mandado para evangelizar Ciudad Bolívar.

La ruptura con la fundación Los Ángeles también se dio porque eran muy radicales, pero hacía el otro lado del nuestro. Nosotros nos sentíamos revolucionarios y ellos eran conservadores. Incluso, he escuchado que ahora son del ala ideológica de Alejandro Ordoñez. Así como existe en la política la derecha y la izquierda, en el catolicismo también hay diferentes posturas. Entonces arrendamos una casa grande y la llamamos Fundación El Cielo en la Tierra. Empezamos a vivir en ella y a organizar los talleres de cine, teatro, artes y yoga.

En lo que mejor nos iba era en el cine. Eso era innovador, casi nadie hacía eso. Había una o dos experiencias muy efímeras de procesos donde se hicieron talleres, se trabajó con los chicos e hicieron una película, pero nada más. Nosotros, al contrario, estábamos todo el tiempo en el territorio. Eso llamó la atención de muchos jóvenes y de mucha gente que se quería meter al mundo audiovisual. 

Nosotros hablábamos con los chicos que llegaban a la Fundación El cielo en la tierra. Ellos nos daban muchas quejas de que sus papás les metían unas palizas terribles durante la semana. En ese tiempo no había YouTube, ni redes sociales, el espacio de la comunidad, la plataforma de esa época, era el canal comunitario. Ahí mostrábamos los cortos hechos por los muchachos, por los niños. Eran películas de cinco o tres minutos y las tramas eran las historias de vida de los niños y la violencia intrafamiliar que sufrían.

Cuando los papás veían a sus hijos en el canal comunitario se alegraban mucho. Se ha creado el imaginario de que quien sale en televisión es famoso, por eso sentían que sus hijos eran estrellas. Nos dimos cuenta de que algunos papás comenzaron a querer más a sus hijos porque salían en televisión. Eso fue un momento importantísimo para nosotros, y para mí, porque surgió la pregunta de si el audiovisual podía tener una incidencia a pequeña o a gran escala. La respuesta fue que, inicialmente, a pequeña escala porque por lo menos estábamos haciendo que los papás pudieran tener una percepción más positiva de sus hijos y no les pegaran. Fue un descubrimiento interesante porque entendimos que podíamos ampliar el impacto.

Con ese panorama, convocamos a niños, jóvenes y padres para hacer un seriado de 24 minutos. Las historias, la grabación y la edición la hacían los chicos. Esa serie se llama Historias Vitales. Sin embargo, queríamos algo más grande para la serie y dijimos: “No vale la pena transmitir el seriado solamente en el canal comunitario del barrio. Vamos a ponerlos en todos los canales comunitarios del país y también vamos a llegar a la televisión pública”. 

Así que buscamos en el directorio el número de Canal Capital, llamamos y pedimos cita. No sabíamos quién era el director, ni nada de la burocracia del canal. Yo había tenido una experiencia con ellos antes de esa serie cuando hacíamos obras de teatro. Recuerdo una vez que dirigí una obra de niños en Ciudad Bolívar, y una de las gestiones que hice fue llamar a Canal Capital para que vinieran a grabar la obra en vivo.

A estas alturas de mi vida me pongo a pensar: “Uy, yo hacía todas esas güevonadas con 20 años”. Les dije a los del canal que estaba dirigiendo una obra de teatro, que habíamos preparado con la fundación de Los Ángeles, con 150 niños y que la íbamos a presentar en la localidad en un teatro destartalado que había: “Van a ir todos los papás y es la primera vez que los ellos verán a sus hijos en la obra. Sería chévere que Canal Capital pudieran transmitirlo”. Me respondieron que eso era muy lejos y les insistí que vinieran porque iba a ser una maravilla. Vinieron y grabaron, y mostraron esa vaina en Canal Capital. Hoy no me creo que tuviera ese poder de convencimiento.

Años después, cuando fuimos a mostrarles la serie al canal, llegamos a donde el director. Me acuerdo que el man se parecía físicamente a los malos de Matrix y, además, era como mala gente. El tipo nos dijo que no nos podía comprar los capítulos porque ahí no había ningún director reconocido y eso lo había hecho la gente. Le respondimos: “No le estamos diciendo que nos compren la serie, se la estamos regalando”.

Lo que nos interesaba era que la gente se viera en televisión. En esa época, nadie nos financiaba, nuestro único objetivo era que la comunidad pudiera verse en la pantalla. Nos sosteníamos de los trabajos que nos salían. Por ejemplo, uno de los primeros oficios que hice en mi vida, que ya casi no hago, aunque me encanta, era la edición de vídeos. Tengo un amigo que trajo el sistema Adobe Premier a Colombia. Ese man nos abrió un curso a mí y a otros dos o tres amigos más para aprender a editar. Era todos los fines de semana y desde que aprendí, empecé a trabajar en edición. Editaba y me ganaba 500 mil pesos o un millón y con eso financiaba toda la semana o todo el mes, dependiendo del trabajo que saliera. Así mantuvimos la fundación durante cinco años, a punta de ediciones.

Como yo nunca he necesitado mucho para sobrevivir, no tenía otros trabajos. Para estar bien, solo necesitaba dos pantalones, dos camisas y la ropa que me regalaban los amigos, no me compraba nada más. Me alcanzaba con eso y la plata se la daba casi toda a la fundación. En el Cielo en la Tierra necesitábamos dinero porque la producción de cada capítulo valía doscientos mil pesos que se repartía entre comida, utilería y la gasolina del carro. Como eran procesos de formación, a nadie se le pagaba. Los chicos hacían el arte, el script, grababan y así aprendían en la práctica. Al final, logramos hacer 28 capítulos y los pasaron por Canal Capital.

Muchos de los chicos que llegaron a esa producción eran joyas, pelados que habían estado en pandillas. Nosotros los recibíamos con el cuento del cine, la religión, la meditación y fue chévere porque era una cosa muy enfocada en el ser, en lo humano. Todavía me habló con muchos de esos ellos que hoy en día tienen familia, trabajo y agradecen mucho lo que hicimos con Historias vitales.

Después intentamos hacer otra serie, pero no tuvo éxito. Hubo discusiones en la fundación y yo ya no quería saber más de la religión. Quería estar en la parte alta de Ciudad Bolívar. Quería hablar con la gente que estaba en las guerrillas o con los paramilitares, con la gente católica, con los cristianos y con los que no creían, mejor dicho, con todo el mundo. Tenía ganas de ver más de la riqueza de Ciudad Bolívar y sentía que en la Fundación de El cielo en la Tierra no lo iba a lograr.

Y, también, se juntaron varias cosas. Ya había conocido a Janeth y empezamos a salir. Además, nuestra primera hija iba a nacer y queríamos independizarnos e ir a vivir juntos. Con los proyectos que había hecho, la gente del barrio ya me conocía mucho. Tenía varios parceros con los que recorría Ciudad Bolívar hasta las once o doce de la mañana en las montañas. Acompañábamos los procesos de los jóvenes que estaban asesinando y convocábamos movilizaciones con acciones culturales en protesta del asesinato y las limpiezas sociales en Ciudad Bolívar. Además, la gente me decía: “Oiga, usted debería tener más libertad. Podría de salirse la fundación, no pertenecer a una religión. Debería estar más en el territorio porque su liderazgo puede ser importante para la comunidad”.

Empecé a replantearme la religión. Durante meses, la gente me presionó. Mis amigos del norte me decían: “Dani, muy chévere tú y lo que estás haciendo, pero deberías pensar en ti, en tu vida, porque tú estás trabajando gratis y ya llevas como cinco años ahí, sin ganar dinero”. Yo les decía que iba a seguir así toda la vida y que era feliz. Ellos me insistían, que bueno que me quedara, pero que hiciera mi propia organización, con mis propios objetivos. Mis amigos de Ciudad Bolívar también pensaban que la organización se estaba volviendo más radical en el tema del catolicismo. Muchos eran chicos que antes habían sido estudiantes míos en la fundación y me decían que teníamos que hacer un colectivo aparte, algo más revolucionario.

Con todo eso en la cabeza, llegó un día en que les dije a los de la organización que me iba a ir de vacaciones. Eso fue en el 2005 y hoy no he vuelto de las vacaciones. Ahí nació Sueños Films Colombia. Esta historia la estoy escribiendo en un libro que se llamará Ojo al Sancocho.

Hay algo que siempre me gusta decir. Cuando nosotros comenzamos, no teníamos ni un peso. Me acuerdo que me metí la mano al bolsillo y solo había 500 pesos. Janeth, otro compañero que se llama Felipe y yo fundamos Sueños Films Colombia de la nada. Felipe es un cineasta chévere, pero ya no nos hablamos porque se volvió muy radical en muchas cosas. Es un personaje, un sujeto que cobra derechos de autor solo por nombrarlo.

Cuando salimos de la fundación, no había plata, pero yo pensaba: “Si Jesús multiplicó los panes, cómo no vamos a multiplicar 500 pesos”. Increíble, pero así fue. Yo tengo una amiga que se llama Marcela Rodríguez y que trabajaba en la Alcaldía o en alguna entidad pública. Me dijo que había una convocatoria de la Secretaría de Gobierno y del Programa para el Desarrollo de la Naciones Unidas (PNUD). Era algo sencillo, una convocatoria para hacer un proceso de investigación audiovisual de colectivos en Ciudad Bolívar. El objetivo era visibilizar colectivos y organizaciones exitosas en derechos humanos, en cultura y transformar los estigmas de la localidad porque en ese momento había mucha violencia y estaban asesinando a muchos jóvenes. 

Aplicamos con una propuesta que escribí por escribir, porque no sabía cómo se hacían esos documentos. La envié por correo al PNUD, a la sede principal que está en Brasil. Fue una sorpresa total porque ganamos, no sé cómo. Un día teníamos 500 pesos, habíamos arrendado una pieza con la plata que teníamos, pero no había para la cama y nos tocó dormir entre cartones, una cosa un poco difícil, y a los 15 días mi amiga me llama y me dice que ganamos la convocatoria y que nos van a dar 12 millones de pesos. Fue como: “¿Qué pasó acá?”. Hoy digo que es que la vida nos quiere mucho.

Ese proyecto fue una odisea. Pasamos los papeles y nos dieron un adelanto. No teníamos cámaras ni computadores porque yo salí de la fundación sin nada. Todo lo que habíamos conseguido quedó para la organización. Recuerdo que soñaba con tener una cámara Panasonic que tenía un amigo. Era un aparato de casete pequeño con buen micrófono. Llamé al man y él me la vendió barata, como en tres o cuatro millones de pesos. Con la cámara, fuimos Felipe, Janeth y yo para el primer evento que íbamos a grabar, y justo ese primer día de uso, nos la robaron. Fue una cosa rara porque era un evento donde estaba la Secretaría de Gobierno, había como 50 policías y seguridad privada. El que la manejaba la cámara era Felipe porque yo tomaba fotos. Felipe fue al baño y dejó la cámara no sé dónde. Cuando volvió, la cámara ya no estaba. La buscamos, pero a quién le íbamos a poner el denuncio si ahí solo había policías, vigilantes y funcionarios de la Secretaría. Todo el mundo estaba buscando la cámara y, obviamente, nunca la encontramos.

Así que tocaba responder por el proyecto y ya no había con qué hacerlo. Hablé con otro amigo y ese man me alquiló una cámara, pero era toda chichi: delgadita, chiquitica, tenía mal sonido y sin lente. Ese problema fue interesante porque estuvimos más en contacto con las formas de hacer cine y video comunitario. Por ejemplo, en las entrevistas me tocaba decirle a la gente que repitiera dos veces la entrevista, una con la cámara pegada a los labios, pa’ coger el sonido y otra con la cámara lejana para tomar los planos. Ese aparato era un desastre. Hoy veo los documentales y digo: “Uy, marica, ¿de verdad hicimos esto?”.

La relación con los colectivos y la comunidad no habría sido tan interesante si lo hubiésemos hecho diferente. Esa cámara nos obligó a esforzarnos. Nos tocaba hablar más con la gente, acercarnos, repetir, explicar, revisar y eso generó confianza. De ese rodaje me acuerdo, por ejemplo, un día que fui a Pasquilla, zona rural de Ciudad Bolívar. A mí se me ocurrió que nos debía acompañar la policía. Las organizaciones de los barrios me advirtieron que no hiciera eso porque allá la fuerza pública no era bien recibida. Conocía poco las zonas rurales, pero sabía que, en esa época, por esos lados estaban las FARC. Insistí en ir con policía, aunque también pensaba que era bobada llevarlos a cuidar una cámara que tenía el tamaño de mi mano. Cuando fui a la estación, los policías me dijeron que no iban hasta allá porque era muy peligroso, entonces me tocó hablar con un amigo que era Coronel y él logró que me acompañaran dos agentes, pero sin patrulla.

Nos fuimos los tres de siempre para Pasquilla en un Renault 4. Una tártala que teníamos en aquel entonces. El camino fue una recocha, cada vez que pasamos por un policía acostado se la montábamos a los agentes que iban en la parte de atrás del carro. Los policías eran buena gente, pero cuando llegamos, se negaron a bajarse del carro. La gente de la comunidad nos decía que no volviéramos a hacer eso porque allá la cosa no funcionaba así.

Ahí grabamos una parte del documental, parte de los capítulos que debíamos hacer. Fue complicado porque en Pasquilla el viento sopla mucho, y como no teníamos buen sonido, capturar el audio no era sencillo. En esos días de rodaje logramos mucha confianza con los campesinos. La gente confiaba porque veían esa camarita tan chiquita, tan simple, sin trípode ni cosas complicadas.

Esa es la semilla de Sueños Films y, más tarde, del Ojo al Sancocho. Esos documentales nos permitieron crear una gran relación con los colectivos. Entendimos las formas de hacer cine comunitario. Creamos una hermandad con procesos y luchas sociales que hoy sigue viva. Recorrimos Ciudad Bolívar de arriba para abajo. Acompañamos casas, escuelas, huertas y espacios culturales. Así llegamos al ICES y a Potosí. Desde que nos reunimos con ese barrio, no nos separamos porque, de alguna forma, sentimos que esa comunidad nos necesitaba.

Cuando empezamos Sueños Films, la idea era hacer una productora de cine comunitario que pudiera tener una incidencia política en los planes de desarrollo de Bogotá y el país; poder repercutir en los jóvenes y crear metodologías para que muchas actividades artísticas de los barrios pudieran ser expresadas. Nosotros interpretamos el video comunitario como un mediador entre la comunidad y la sociedad; entre la comunidad y el Estado; entre la comunidad y la defensa de sus derechos y de sus luchas sociales. 

Al estudiar cine, le dije a usted que me preguntaba por la gente del común. Así que el sueño de la productora es poder democratizar el audiovisual, una utopía porque es algo muy grande. Creo que hemos logrado permitir que las personas del común tengan una cámara para registrar lo que quieran, para que sean ellas mismas las que hacen su cine y lo puedan proyectar en su en su casa o en el barrio. Importa lo que muestran, pero importa más el valor vivencial para sus vidas y para la comunidad. 

El Festival Ojo al Sancocho teje la historia y la memoria de los vecinos; un registro que el cine tradicional no cuenta: el mundo visto por la gente. El festival es una herramienta para contar sus cosas, la forma cómo las ven y desde sus propios lenguajes. Nosotros no creemos en los límites del cine, acá cada quien hace sus propios encuadres y su propia historia. Nos importa que la gente escriba sus historias, así no tengan principio o final, pero que cuenten y reflejen su memoria.

Cientos de colectivos alrededor del mundo han visto esta experiencia y la han replicado o han hecho otros procesos. Eso es bonito porque es como observar un despertar en el mundo y un despertar en América Latina. No es algo nuevo, es un movimiento que existe hace mucho tiempo, desde los años 60 y 70 en Argentina y en Brasil. Pero, del 2000 para acá han surgido cosas maravillosas. Por todo el mundo hemos encontrado colectivos y experiencias de las periferias que hacen cine comunitario y video participativo. Nos encontramos sin conocernos y sin saber que estábamos haciendo lo mismo en diferentes partes del mundo y en Colombia.

El Ojo al Sancocho, como festival, logró convertirse en un escenario de encuentro de múltiples experiencias. Acá vienen colectivos de cine comunitario de Medellín, de Belén de los Andaquíes en el departamento de Caquetá, de Santa Marta y muchas otras partes de Colombia. Es bonito porque cuando nos preguntamos entre los distintos proyectos cómo nacimos, la respuesta es que fue por experiencias que son muy parecidas. Parece como si hubiéramos tenido una conversación antes de activar los movimientos. Es pensar, que, de cierta manera, juntamos nuestras conciencias para reconstruir la memoria de las comunidades a través del cine y el video comunitario.

***

Daniel me dijo: “Janeth, nos robaron la cámara”. Yo no sabía si me estaba molestando o era en serio porque lo dijo tranquilo, hasta se reía. Le pregunté que qué íbamos a hacer, que solo nos habían pagado el 50 por ciento de la convocatoria, y él me respondió: “Pues miramos cómo lo hacemos, ya qué”. Ahí pensé: “Este man piensa realmente diferente”. Ese día me di cuenta que a Daniel no le importa la plata. Eso me marcó mucho, para mí fue chévere.

Daniel y yo ya llevábamos un año de convivencia. Él renunció a todo porque sus sueños y sus expectativas cambiaron, dijimos que íbamos a tener hijos y empezamos a pensar diferente. Necesitábamos conseguir plata, pero no para volvernos millonarios sino para cumplir con nuestro proyecto de vida. Estábamos en ese punto de enfrentar la vida, de valernos por nosotros mismos, y justo nos robaron la cámara. Era algo grave, pero para Dani todo estaba bien porque de algún modo se iba a arreglar. Él es así.

En este punto, hay algo que recuerdo mucho: cuando entré a estudiar mi carrera a la Universidad Distrital. En mi experiencia con los niños que iban a la Fundación El cielo en la Tierra, veía que algo realmente fallaba en la educación tradicional: los maestros, generalmente, no se preocupan por entender a los niños. Me di cuenta de que me gustaba mucho la pedagogía, porque cada vez que me tocaba dar clase, yo me metía en el corazón de los niños. Debatí con Daniel, con Alex, con Felipe, con Marcela, con todos los que estábamos pensando en el proyecto sobre el modelo de educación tradicional en Colombia; el que se enseña desde el maestro que imparte una clase, pero no le importa el contexto y realidad de sus estudiantes. Para mí, había que pensar en una educación más humana, que pensara en otras cosas como la búsqueda de la felicidad, no solamente en el conocimiento.

Cuando decía eso, había gente que me respondía: “Qué fundamentos tienen para decir eso, si usted no ha estudiado nada”. Eso me parecía muy ofensivo, así que entré a estudiar pedagogía infantil en la Distrital. Toda mi carrera estuvo muy pensada y ligada con el audiovisual porque, al mismo tiempo, estábamos pensando en Sueños Films Colombia. Al final del pregrado, debía hacer el proyecto de grado. En ese contexto, un día le dije a Daniel que tenía una idea para la tesis y que podía ser una escuela de cine en Ciudad Bolívar.  

Como nosotros dábamos talleres de cine, se me ocurrió la idea de hacer de esos procesos una escuela. En realidad, se lo dije a Daniel como pensando en voz alta: “Sería tan chévere hacer eso, Dani”. Al otro día, él ya le había contado a todo el grupo. Les dijo que íbamos a hacer una escuela de cine, y que la escuela iba a ser de tal forma y que las clases las íbamos a dar los fines de semana.

Yo no pensaba que iba a ser tan rápido, pero es que él es así, se le ocurren muchas ideas, es muy propositivo: “Bueno, vamos a hacer un festival y lo que hay que hacer es esto y lo siguiente es esto otro”, dice, por ejemplo. Yo soy la que las pone en práctica. Él se imagina un muñeco, le pone la cabeza, el cuerpo y la cola, pero, ¿quién hace correr al muñeco? Ahí es cuando se nota mucho el trabajo en equipo, cuando se ve la importancia de que haya diferentes roles y varios talentos. Pienso que por eso somos un buen complemento.

A medida que íbamos haciendo la escuela, yo escribía mi trabajo de grado y hacía mis prácticas. Iniciamos en el Gimnasio Real de Colombia que queda en el barrio Lucero de Ciudad Bolívar. Al principio, el proyecto se llamaba Escuela Eco Audiovisual Infantil porque queríamos que tuviera un enfoque ecológico y audiovisual. La idea fue cambiando con los años, y gracias a todas las personas que participaron en ella, evolucionó a la Escuela Popular de Cine y Video Comunitario Ojo al Sancocho, cuyo nombre está inspirado en el festival que nació en los años siguientes.

Ese tema de los nombres es muy importante. Por ejemplo, el Ojo al Sancocho surgió de una reunión en nuestra casa en la que estuvimos muchos de los que iniciamos con el colectivo de cine. Ese día, estábamos Felipe, Marcela, Rául, Linda, Daniel, Alexander, Diana, seguramente otras personas más y yo. Echábamos carreta y tomábamos tintico. En esa época, ya teníamos la Escuela Popular de cine, habíamos hecho unos documentales y los mostrábamos en los procesos de formación, y como ya habíamos recorrido toda la localidad grabando las historias de la parte baja, media, alta y rural de Ciudad Bolívar, teníamos ganas de crear un festival.

En ese parche, estábamos dando ideas sobre el nombre del festival porque queríamos que representara la diversidad de este territorio, y así salió el nombre: “Festival Internacional de cine Ojo al Sancocho”. El “ojo” por lo audiovisual y el “sancocho” porque Ciudad Bolívar es un sancocho de gente, de historias, de razas, de colores. Teníamos la idea de hacer un festival que mostrara películas, trajera directores y fuera internacional, porque los del norte, los del centro y todo el mundo siempre le ponía la palabra “internacional” a sus festivales. Así que, por un tema de dignidad, nuestro festival tenía que ser internacional.

Así nació el Festival Internacional de Cine y Video Alternativo y Comunitario Ojo al Sancocho. Sino pegaba el nombre, si era horrible, pues lo cambiábamos, pero para nosotros era muy significativo. Hicimos el primer festival y siempre nos preguntaban por qué el nombre y nosotros echábamos nuestro discurso. Eso empezó a llamar a la gente y el Ojo al Sancocho nos ayudó a fortalecer algunos lazos que ya teníamos de los procesos que habíamos adelantado durante años en la localidad. 

Inicialmente, el festival se hacía en el auditorio de la Universidad Distrital en la sede de Ciudad Bolívar, y era muy emocionante que desde esa primera vez, había público que quería asistir a los eventos. No llegaban medios, pero sí iba mucha gente. Hoy los medios nos llaman mucho más.

Finalmente, después de llevar el Ojo al Sancocho y la escuela por muchas partes, terminamos en Potosí. En ese barrio empezamos a hacer procesos de formación con el Ministerio de Cultura y con la Escuela Popular de Cine, y sentimos que en Potosí habíamos enganchado con los chicos, que los niños nos copiaban, que el colegio, el ICES, creía en el proyecto y que había buena relación con la comunidad.

Hablamos con Héctor Gutiérrez, el rector del ICES, y le dijimos que queríamos continuar el trabajo en Potosí para generar un proceso con los chicos que habían trabajado con nosotros. Así, de a poco, nos fuimos quedando en el barrio para hacer la escuela y el festival. Potosí es un punto estratégico porque tiene muchos procesos. Por ejemplo, la Casa Cultural Airu bain, que ahora se llama La Casa Cultural. Nosotros los invitamos a participar del festival para que cuenten cómo recuperaron el espacio donde están ahora y a veces cantan una o dos canciones de música andina con el grupo que tienen que se llama Vientos del sur. Ellos siempre participan entusiasmados y con ganas de mostrar su proceso.

Por eso Potosí es especial para nosotros, porque allá logramos una conexión muy bonita. Teníamos la excusa del audiovisual para poder llegar a la comunidad y a los niños, y, de ese modo, generar transformaciones que pudieran influir en la vida de la comunidad y en el proyecto de vida de los chicos.

Nuestro proyecto con los niños no solo se trata de que hagan una película, queremos que piensen en su futuro, defiendan su territorio, conozcan la realidad del país y sepan qué está sucediendo realmente a nivel nacional. Así mismo, que entiendan que los territorios no se construyen de la nada y que nuestro conflicto armado nos ha llevado a donde estamos, pero que todos podemos ser parte de la solución. 

Es curioso ver hacía atrás, cuando dijimos que nos íbamos a llamar Sueños Films Colombia, y teníamos un montón de objetivos. Decíamos que, si nos vamos a catalogar dentro de la industria cinematográfica, teníamos que hacer un largometraje, un festival y una sala de cine. Así funciona la industria. Tienen salas de cine y películas para mostrar, ese ha sido el ejemplo para mí siempre. Así que soñamos una sala de cine y logramos hacer la Potocine. La creamos gracias a gestiones mancomunadas con Arquitectura Expandida, un colectivo que piensa la soberanía del territorio desde el diseño y la construcción de espacios urbanos, y del ICES, que nos dio el terreno.

Construimos la sala con toda la comunidad. Queríamos lograr un espacio especializado para mostrar el audiovisual a los vecinos de toda Ciudad Bolívar. Los lugares donde proyectábamos las películas antes de Potocine nunca fueron adecuados; siempre había un hueco, mala acústica, entre otras cosas. Por esa razón, Potocine fue un triunfo para que la comunidad pudiera ver su trabajo audiovisual. La inauguración se hizo en el Ojo al Sancocho del 2016 y proyectamos las producciones de la misma comunidad, lo que habíamos hecho en el barrio con los jóvenes. Fue precioso y un éxito. Teníamos programada una proyección, pero hicimos cinco porque fue mucha gente. 

Mira la historieta: Así se hizo la Potocine

Ver la Potocine a reventar fue una sensación única. Es mágico ver a la gente sentada, feliz y disfrutando su propio cine. Una de las premisas del cine comunitario es que el audiovisual realmente tiene trascendencia cuando es la comunidad la que se puede ver a sí misma. El arte comunitario es la forma de reflejar las realidades locales invisibilizadas en una obra de arte. Nosotros estábamos poniendo en pantalla todas estas realidades que la gente había vivido y que tenía ganas de ver.

En ese punto, pienso mucho en Evaristo Bernate, uno de los fundadores del colegio donde construimos la sala. Creo que seguimos permaneciendo en el ICES justamente por él. Evaristo decía que el cine comunitario era importante en la medida en que se creara un espacio donde la misma comunidad pudiera verse reflejada. Recuerdo que cuando llegamos a Potosí, y nos mostraron el busto de Evaristo, que fue asesinado aquí en 1991, y me dijeron lo que pensaba frente al cine, sentí una conexión, como si él todavía estuviera aquí.

Hay un amigo del festival que se llama Ramiro García. Él es del proceso Cine en Movimiento en Argentina. Él ya había venido en otros momentos de la vida al Ojo al Sancocho, había estado en Potosí, y había visto las proyecciones en las canchas de micro, en los salones comunales, en los jardines infantiles, en los comedores comunitarios, en las juntas de acción comunal, sin embargo, el año que inauguramos la Potocine, lo invitamos.

Cuando él vio la sala por primera vez, se puso a llorar y me dijo: “Ay, Janeth, esto es tan bonito”. No podía ni siquiera hablar porque tenía la cara llena de emociones y no paraba de llorar. Creo que nosotros, como proyecto, hemos tenido trascendencia porque muchos colectivos a nivel latinoamericano dicen que quisieran replicar, por ejemplo, una Potocine o una escuela popular o un festival internacional de cine.

Hoy en día estoy volviendo a pensar en mi vida; qué voy a hacer en 20 o 30 años, porque todo lo que pensé hace 14 o 15 años se cumplió. Quería tener una familia estable, un proyecto de vida donde estuviera haciendo algo que me hiciera feliz y me generara un bienestar. Nunca quise estar esclavizada, trabajando y matándome. Quizás porque lo vi con mi mamá y yo quería algo realmente diferente. Quería estudiar una carrera y hacer todo lo que he hecho. Quería ser mamá, pero no una sufrida, de esas que se vuelven víctimas de ellas mismas, que ni siquiera se cuidan y no se aman. Yo quería ser diferente, y mucho de lo que ha sucedido en mi vida es porque lo he pensado. A veces me digo a mí misma: “Cuidado, Janeth, con lo que sueñas porque la mente se encarga de conspirar con el universo entero para hacerlo realidad”.

Hoy, sueño con hacer una escuela de cine mucho más grande, que pueda ser reconocida por el Ministerio de Educación como una de pedagogía transformadora en Colombia. Que incluya una línea ecológica con la posibilidad de tener cientos de hectáreas para poder cultivar, construir salones, contratar profesores y ver películas, enseñar música, arte, y que tenga un aprendizaje enfocado en el ser humano. Veré, en 30 años, si lo logré y si todo lo que ahora sueño se convierte en realidad.

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